Perico, el conejo

Informante/procedencia: Holly Willis, Inglaterra.

Introducción/información previa: Esta versión del cuento de Perico, el conejo, está basada en la colección de cuentos de Beatrix Potter (1866-1943), famosa escritora de cuentos infantiles en Inglaterra. Fue una de las primeras mujeres escritoras especializada en literatura infantil y sus cuentos fueron y son muy conocidos en todo el mundo pasando a formar parte de los cuentos preferidos por los niños.

Holly recuerda como pedían a sus padres, ella y sus hermanos, que les contaran este cuento una y otra vez. También recuerda que llegó a hacerse una serie televisiva con las aventuras de Perico el conejo.


Había una vez cuatro conejitos que se llamaban Pelusa, Pitusa, Colita de Algodón y Perico.
Vivían con su madre bajo las raíces de un abeto muy grande.
Una mañana su madre les dijo:
Mis niños, ¡iros a jugar! Podéis ir por el campo, ¡pero no vayáis al huerto del señor Gregorio! Vuestro padre terminó siendo un pastel de conejo hecho por la señora Gregorio…
¡Venga! Iros a jugar pero no os metéis en líos. Yo voy a salir.
Entonces la señora Conejo cogió la cesta y el paraguas y se fue andando por el bosque a la panadería. Allí compró una barra de pan moreno y bollos.
Pelusa, Pitusa y Colita de Algodón, que eran unas conejitas muy buenas, se fueron por el camino a coger zarzamoras.
Pero Perico, que era un conejito muy travieso, se fue derecho al huerto del tío Gregorio y, estirándose mucho…¡se coló por debajo de la verja!
Primero se comió unas lechugas, después unas judías verdes y por último… ¡se zampó unos rabanitos!
Después de comer todo esto, le empezó a doler su tripita. Se fue a buscar unas ramitas de perejil.
Pero justo al final del jardín, ¿a quién vio? ¡Era el señor Gregorio!
El señor Gregorio estaba de rodillas plantando unas coles pero en cuanto vio a Perico se lanzó tras él con el rastrillo en alto, gritando:
¡PARA!
Perico estaba muerto de miedo. Corría por el huerto de acá para allá, pero estaba perdido. Perdió uno de los zapatos entre las coles.
Y el otro, entre las patatas.
Al encontrarse sin zapatos, comenzó a correr a cuatro patas tan deprisa, tan deprisa que ya casi se había escapado cuando… ¡los botones de su chaqueta se engancharon en una red que cubría una mata de grosellas!
Perico se dio por vencido y comenzó a llorar. Pero unos pajaritos muy simpáticos que volaban por allí, al oír los lloros de Perico, se dirigieron a donde él estaba y le pidieron que hiciera un último esfuerzo.
El Señor Gregorio estaba ya encima de Perico, tratando de atraparle con una criba. Pero, en el último instante, Perico consiguió escaparse, dejando tras de sí la chaqueta.
Corriendo lo más rápido posible, se metió en la caseta de las herramientas y, de un salto, se escondió en la regadera. Habría sido un escondite perfecto si no fuera porque… estaba llena de agua.
El señor Gregorio sabía que Perico se escondía en la caseta, así que fue buscándole por todas partes.
Perico pensaba que estaba a salvo pero de pronto…
«¡A… a… achís!»
Perico estornudó y señor Gregorio fue a cogerlo enseguida.
Estaba a punto de pisarle cuando Perico, de un salto, se escapó por la ventana, tirando unos cuantos tiestos.
La ventana era demasiado pequeña para el tío Gregorio y, además, estaba cansado de perseguir a Perico. Así que dio media vuelta y volvió a su trabajo.
Perico se sentó a descansar. Estaba sin aliento, temblaba de miedo y no tenía la menor idea del camino que debía seguir. Además, estaba empapado por haberse metido en la regadera.
Después de un rato, comenzó a rondar por los alrededores, dando pequeños saltitos -«plop, plop, plop»- y mirando a ver qué veía, a ver si encontraba la salida.
Por fin, encontró una puerta en la tapia que rodeaba al huerto, pero estaba cerrada, y no había sitio para que él se escurriera por debajo.
Pero vio un ratoncito que entraba y salía por debajo de la puerta, llevando guisantes, judías y más comida a su familia que vivía en el bosque. Perico le preguntó por el camino que conducía a la verja, pero el ratón, que en aquellos momentos se estaba comiendo un guisante, se atragantó. Sólo podía mover la cabeza de un lado para otro, y Perico se echó a llorar otra vez.
Trató de encontrar un camino a través del huerto, pero cada vez estaba más aturdido. Llegó al estanque donde el Señor Gregorio llenaba sus regaderas. Había allí una gata blanca que miraba fijamente a los peces de colores. Estaba sentada sin moverse, pero, de vez en cuando, la punta de la cola se le estremecía como si estuviera viva.
Perico se marchó sin dirigirle la palabra… ¡Había oído cosas terribles de los gatos!
Volvió de nuevo a la caseta de herramientas, pero, de pronto, oyó el ruido del azadón -«zaca, zaca, zaca, zaca»- al cavar en el campo. Perico se escondió bajo unos arbustos.
Empezó a mirar, para ver lo que había a su alrededor. Lo primero que vio fue al Señor Gregorio escardando cebollas. Estaba de espaldas a Perico y el conejito pudo ver que, más allá, estaba… ¡la verja!
Perico se bajó de la carretilla sin hacer ruido y echó a correr por una senda medio oculta entre las matas de grosella.
El tío Gregorio le echó el ojo cuando Perico doblaba la esquina del huerto, pero era ya demasiado tarde. Perico se deslizó por debajo de la verja y llegó sano y salvo al bosque que había al otro lado.
El tío Gregorio cogió la chaqueta y los zapatitos de Perico e hizo con ellos un espantapájaros para asustar a los mirlos.
Perico no paró de correr hasta que llegó a su casa, bajo las raíces del gran abeto.
Estaba tan cansado que se dejó caer en el suelo blando y arenoso de la madriguera y allí se quedó con los ojos cerrados.
Su madre estaba cocinando y, al verlo llegar, se preguntó qué habría hecho con la ropa… ¡era la segunda chaqueta y el segundo par de zapatos que perdía en dos semanas!
Lamento decir que Perico se sintió algo indispuesto aquella noche. Su madre lo acostó, le preparó un té y le dio una medicina.
Una cucharada sopera antes de acostarte – dijo su madre.
En cambio, sus hermanas Pelusa, Pitusa y Colita de Algodón cenaron tan ricamente: sopas de leche con pan y, de postre, zarzamoras.

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