Rin, rin, renacuajo

Informante/procedencia: Elkin Marín, Colombia.

Introducción/información previa: Elkin recuerda que se aprendió este cuento de pequeño en la escuela. Es un cuento muy popular en Colombia del autor Rafael Pombo. Pero cuidado, no es la versión oficial, sino la que Elkin recuerda.


El hijo de rana, Rinrín renacuajo
salió esta mañana muy tieso, muy majo.
Con pantalón corto, corbata a la moda
sombrero encintado y chupa de boda.
-¡Muchacho, no salgas!- le grita mamá,
pero él hace un gesto y orondo se va.
Halló en el camino, a un ratón vecino
y le dijo: -¡Amigo!- venga usted conmigo,
Visitamos juntos a doña Ratona
y habrá francachela y habrá comilona.
A poco llegaron, avanza ratón,
estira el cuello y coge el eslabón,
Da dos, tres golpes. Preguntan: ¿Quién es?
Soy yo, doña Ratona, beso a usted los pies
¿Está usted en casa?
-Sí señor, sí estoy,
y celebro mucho ver a usted hoy.
Estaba en mi oficio, hilando algodón,
pero eso no importa, bienvenidos son.
Se hicieron la venia, se dieron la mano,
y dice Ratico, es más veterano:
– Mi amigo el de verde rabia de calor,
démele cerveza, hágame el favor.
Y en tanto que el pillo consume la jarra
manda a la señora traer la guitarra.
Y el renacuajito le pide que cuente
versitos alegres, tonadas elegantes y…
-¡Ay! de mil amores le hiciera, la venia señora,
pero es imposible darle usted gusto ahora,
que tengo el gaznate más seco que estopa
y me aprieta mucho esta nueva ropa.
  -Lo siento infinito, -responde la tía Rata-,
aflójese un poco el chaleco y corbata,
y yo mientras tanto le voy a cantar
una canción muy particular.
Mas estando en esta brillante función
de baile y cerveza, guitarra, canción,
la gata y sus gatos saltan el umbral,
y vuelve aquello, el juicio final.
Doña gata vieja trincha por la oreja
al niño Ratico, maullándole: ¡Hola!
Y los niños gatos a la vieja rata
uno por la pata y otra por la cola.
Renacuajito miró este asalto
tomó su sombrero, dio un tremendo salto
abrió la puerta y con mano y narices,
fue dando a todos, noches muy buenas y felices.

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El señor del invierno y las dos hermanas

Informante/procedencia: Irina Prodius, Moldavia.

Idioma: Ruso.

Introducción/información previa: Irina recuerda este cuento con mucho cariño porque le encantaba de pequeña. Ahora se lo cuenta a su hijo.


Érase una vez un hombre y una mujer muy mayores que tenían dos hijas. La madre no quería nada a la hija mayor, solo quería a la pequeña, por eso encargaba todas las tareas de la casa a la hija mayor que tenía que limpiar la casa, hacer las camas, encender el fuego, dar de comer a los animales… A pesar de hacer todos los trabajos la madre nunca estaba contenta con ella. Sin embargo la hermana pequeña siempre se levantaba muy tarde y era muy vaga.
Un día la madre le dijo a su marido:
Tienes que llevar a nuestra hija mayor al bosque y abandonarla al lado de un árbol porque ya no puedo aguantarla más en casa.
Al padre le daba muchísima pena dejarla sola en el bosque pero la montó en el trineo y se la llevó. Tal y como le dijo su mujer, dejó a la niña debajo de un pino.
La niña se quedó allí, debajo del pino, pasando mucho frío. De repente la niña escuchó la voz del Señor del Invierno que le preguntaba:
– ¿Tienes calor, pequeñita?
– Sí, claro, señor. Tengo mucho calor.
El Señor del Invierno que estaba en la copa del pino empezó a bajar para ver mejor a la niña. Le volvió a preguntar:
– ¿Tienes calor?
– Sí, sí. Claro que tengo calor –le contestaba la niña muy educadamente.
El Señor del Invierno siguió bajando y empezó a soplar sobre la niña para que tuviera más frío. Le volvió a preguntar:
¿Tienes calor?
La niña, casi sin poder hablar del frío que tenía, dijo:
Claro que tengo calor, Señor del Invierno. ¡Mucho calor!
Cuando la niña estaba a punto de quedarse congelada el Señor del Invierno bajó del árbol y le dio un abrigo de piel de zorro y empezó a calentarla.
Al día siguiente el padre de la niña fue al bosque a verla. Sorprendido, encontró a su hija sana y salva, con un abrigo de pieles muy bonito y, además, con un tesoro lleno de regalos.
El padre cogió a la hija y al tesoro y se los llevó de nuevo a casa. Cuando llegaron y la madre vio todo aquello que traían, enseguida le dijo a su marido muerta de envidia:
Mañana mismo llevas a nuestra hija pequeña al mismo sitio y la dejas allí, debajo del árbol, porque el Señor del Invierno tiene que darle también regalos.
El padre al día siguiente llevó al mismo lugar a la hija pequeña y la dejó allí. Enseguida la pequeña escuchó la voz del Señor del Invierno que le preguntaba:
¿Tienes calor, hija  mía?
– No. ¡Tengo mucho frío! –contestó de malos modos.
El Señor del Invierno, igual que hizo con la hermana mayor, se fue acercando a ella, bajando por el pino y le preguntó:
¿Tienes calor, pequeña?
– ¡No! Te he dicho que tengo mucho frío.
El Señor del Invierno, más cerca, le volvió a preguntar:
¿Ya estás helada?
– Sí, estoy muerta de frío. ¡Fuera, fuera de aquí! ¡No puedo aguantar más de frío! ¡Vete!
El Señor del Invierno, al ver lo egoísta que era la niña y lo mal educada que estaba, supo bien qué tesoro dejarle. Nada.
Cuando el padre regresó por la mañana a buscar a su hija pequeña la encontró tiritando de frío, sin nada. La recogió y la llevó de regreso a casa. En la puerta estaba la madre, ansiosa, esperándola pero cuando la vio llegar abrió los brazos preguntándose qué había pasado y dónde estaban sus tesoros. Entonces comprendió, con mucha rabia, que su hija pequeña se había quedado sin nada por ser vaga y mal educada.

La medida del amor materno

Informante/procedencia: Mario Lai, Italia, Isla de Cerdeña.

Introducción/información previa: Mario recuerda que su madre les contaba este cuento de niños.


Érase una vez, en un país no muy lejano que podría ser el nuestro, una mujer que vivía sola por las circunstancias de la vida. Probablemente porque era viuda. Está mujer tenía un hijo y tenía que trabajar mucho para sacar adelante a su hijo, educarlo y alimentarlo.
Entonces, esta madre se esforzó del modo mejor que pudo. Trabajaba lavando ropa, fregaba suelos, limpiaba casas y hacía todos los trabajos que ella podía para darle todo lo que necesitaba a su hijo. Y así resultó que con todo ese trabajo y su esfuerzo el hijo fue creciendo y estudiaba, y ella veía recompensado su esfuerzo. El niño crecía sano e inteligente y tenía todo lo que necesitaba: una buena cartera para ir a la escuela, cuadernos, lapiceros, pinturas… El niño poco a poco fue creciendo y los maestros de la escuela le dijeron a su madre que este niño era una promesa, muy capaz para estudiar. La madre cada día se esforzaba más y el niño seguía creciendo y estudiando más. Hizo el instituto y llegó a la universidad. Resultó que realmente era una persona muy capaz. Llegó al mundo del trabajo donde consiguió muchos éxitos y llegó a ser rico. Se casó con una mujer rica e inteligente como él y llegaron a tener una vida próspera y feliz con todas las comodidades que una persona pudiera desear.
El desarrolló de la vida del hijo, su madurez, corresponde con el envejecimiento de su madre, que de joven llega a adulta, de adulta llega a vieja, y de vieja llega a incapaz por no tener ya la fuerza suficiente para poder seguir trabajando.
Un día, después de mucho pensárselo y de tanta preocupación sin saber como terminaría su vida sin tener la fuerza para poder trabajar, pensó en ir a visitar a su hijo. El hijo vivía en una mansión. La madre llamó y salió a abrir una criada. La madre le dijo que venía a ver a su hijo y él se sorprendió mucho al verla.
Mamá, mamá, ¿cómo estas?
La madre le explicó que no era capaz de llegar a ganarse el sustento porque no tenía fuerza ni salud suficiente.
El hijo la llevó a la despensa de su casa que estaba toda llena de alimentos, legumbres, salami, vino, de todo… Y le dijo a su madre que no debía preocuparse. Cogió una cesta y comenzó a meter dentro de la cesta cosas que creía que su madre podría necesitar. Cogió un almud (una medida) y con él iba cogiendo alimentos, lo llenaba y lo enrasaba con la mano para meter la medida justa. Una medida de verduras, una medida de garbanzos, una medida de trigo. Y la madre al mismo tiempo que sentía la gratitud de que su hijo pudiera ayudarla ahora a ella, pensó viendo el modo en que su hijo metía los alimentos en la cesta, pensó que ella nunca jamás le había medido ni su trabajo, ni su esfuerzo, ni la leche con la que lo alimentaba cuando era niño.

Calaboc, bola de pan

Informante/procedencia: Natalia Lutskova, Rusia.


Estaban en una casa un abuelo y una abuela. El abuelo le dijo a la abuela:
– Quiero comer pan.
– Creo que no tenemos ni harina, ni azúcar, ni nada.
El abuelo se enfadó un poco porque quería comer pan, así que le dijo:
– Abuela, míralo bien. Busca por los rincones a ver si encuentras algo.
La abuela empezó a revisar todos los rincones y esquinas de la casa y encontró un poquito de harina, un poquito de azúcar y un poco de aceite y con  todo eso hizo una masa. Después de amasarla bien la metió en el horno y cuando ya estuvo cocido lo sacó para que se enfriara al alfeizar de la ventana.
Calaboc, la bola de pan, estuvo mucho rato en la ventana mirando lo que ocurría fuera pero como se aburría decidió escaparse. Calaboc cogió impulso y se echó a rondar por el camino hacia el bosque. Después de pasar por un puente se encontró a un conejo.
El conejo se lo quedó mirando y le dijo:
– Calaboc, Calaboc, que color tan bonito tienes. Te voy a comer.
Pero Calaboc le dijo:
– No me comas, conejito. Mejor escucha mi canción:
Soy Calaboc, soy Calaboc
la abuela me hizo con harina de los rincones
me ha puesto azúcar y aceite
me ha hecho en el horno
y  me ha puesto en la ventana a enfriar
yo me he escapado del abuelo, de la abuela
y también  me voy a escapar de ti, conejo.
Calaboc empezó a correr y a correr tan rápido que el conejo enseguida lo perdió de vista.
Calaboc siguió corriendo y corriendo hasta que se encuentró con el lobo. El lobo, al verlo tan guapo y con tan buena pinta, le dijo:
– Calaboc, Calaboc, te voy a comer.
– No, Lobo, no me comas. Mejor te canto una canción.
Soy Calaboc, soy Calaboc
la abuela me hizo con harina de los rincones
me ha puesto azúcar y aceite
me ha hecho en el horno
y  me ha puesto en la ventana a enfríar
yo me he escapado del abuelo, de la abuela
Yo me he escapado del abuelo, de la abuela, del conejo
y como soy tan listo también me voy a escapar de ti.
Calaboc empiezó a rodar otra vez tan rápido que el lobo no lo pudo seguir.
Calaboc siguió rodando y por el caminito se encuentró con un oso muy grande y muy fuerte. Era tan fuerte que al andar destrozaba los árboles. Al ver a Calaboc le dijo:
– Calaboc, Calaboc, te voy a comer.
– No, oso, no me comas. Escucha mi canción.
Soy Calaboc, soy Calaboc
la abuela me hizo con harina de los rincones
me ha puesto azúcar y aceite
me ha hecho en el horno
y  me ha puesto en la ventana a enfriar.
Yo me he escapado del abuelo, de la abuela,
del conejo, del lobo
y como soy tan listo también me voy a escapar de ti.
Calaboc echó a rodar tan rápido que el oso lo perdió de vista enseguida.
Calaboc siguió rodando y se encuentró en el caminito con una zorra que le dijo:
– Hola, Calaboc. Qué guapo eres y que buen color tienes.
Calaboc al oírlo se puso muy contento porque era un poco presumido. Y le dijo a la zorra:
– Zorra, ¿quieres que te cante una canción?
– Vale.
Soy Calaboc, soy Calaboc,
la abuela me hizo con harina de los rincones
me ha puesto azúcar y aceite
me ha hecho en el horno
y  me ha puesto en la ventana a enfriar.
Yo me he escapado del abuelo, de la abuela
del conejo, del lobo, del oso,
y como soy tan listo
también me voy a escapar de ti.
La zorra mientras Calaboc iba cantando se iba acercando a Calaboc. Al acabar la canción la zorra le dijo:
– Calaboc, pero que canción tan bonita… El problema es que soy muy vieja y estoy un poco sorda. ¿Puedes sentarte un poco más cerca para oír bien tu canción? Anda, siéntate en mi nariz.
Calaboc, como era tan presumido se puso todo orgulloso y contento al oír esos cumplidos y saltó en el hocico de la zorra para cantar la canción.
Soy Calaboc, soy Calaboc
la abuela me hizo con harina de los rincones
me ha puesto azúcar y aceite
y me ha hecho en el horno
me ha puesto en la ventana.
Pero de repente “¡Ahmmm!”
La zorra abrió la boca y se comió a Calaboc.
Este es el final del cuento y quien lo ha escuchado es bueno.

El sol y el viento

Informante/procedencia: Polyxeni Tsalera, Grecia.

Introducción/información previa: Polyxeni recuerda con cariño esta fábula de Esopo que le contaban de pequeña.


Una vez el sol y el viento discutían sobre quien era más fuerte de los dos.
Yo – decía el sol.
No, yodecía el viento.
Los dos eran muy testarudos.
Hagamos una apuestadijo al final el viento.
¿Qué apuesta? preguntó el sol.
Elegiremos a la primera persona que pase y el que sea capaz de quitarle al ropa será el más fuerte.
Aceptodijo el sol.
Al poco rato apareció un hombre que caminaba solo por el campo. El viento sopló y sopló con todas sus fuerzas. El hombre agachó la cabeza, cruzó los brazos para protegerse del viento y se abrochó el abrigo. Cuanto más se esforzaba el viento, más se apretaba el pobre hombre la ropa. Al sentir tanto frío, se echó por encima una manta que llevaba en un saco. Cuanto más soplaba el viento, más se tapaba el hombre.
Al final el viento se cansó, dejó de soplar y le dijo al sol:
Ahora te toca a ti.
El sol salió en el cielo y enseguida el hombre se quitó la manta y la guardó en el saco. El sol lucía cada vez más y el hombre se desabrochó el abrigo. Cuánto más brillaba, más calor tenía el hombre que empezó a sudar mucho. Al final, se quedó completamente desnudo y buscaba un árbol para sentarse a la sombra. Pero como no encontraba ninguno, se tiró al río y se quedó ahí hasta que el sol dejó de brillar tanto.
Tú eres el más fuerteadmitió el viento.

Los dos ositos tacaños

Informante/procedencia: Irina Prodius, Moldavia.

Idioma: Ruso.


Érase una vez en un bosque una osa con dos ositos. Cuando los dos ositos crecieron mamá osa les dijo:
–    Ahora ya habéis crecido y sois mayores. Recordad que sois hermanos y que nunca tenéis que separaros.
Al día siguiente los dos hermanos osos se fueron de casa a conocer el mundo. Después de  muchos días andando por el bosque, se quedaron sin comida.
–    ¡Qué hambre tengo! –dijo el hermano mayor.
–    Yo también tengo hambre –dijo el hermano pequeño.
De repente vieron los dos una enorme bola de queso. Los dos ositos la cogieron. Enseguida se pusieron a pensar cómo partirla, pero no sabían cómo pues cada uno tenía miedo de que el otro se quedara con una parte más grande. Los dos ositos empezaron a discutir entre ellos. Justo en ese momento por allí pasó una zorra:
–    ¿Por qué discutís?
Los ositos le contaron su problema.
–    No os preocupéis, yo os puedo ayudar –dijo la zorra.
–    ¡Qué bien! –dijeron los ositos.
La zorra partió con sus patas la bola de queso en dos, pero las partes no eran iguales, había una más grande que la otra. Los dos ositos gritaron:
–    ¡Este trozo es más grande que el otro!
–    No os preocupéis. Yo os puedo ayudar en esto también –dijo la zorra-. Esperad un poco.
La zorra dio un mordisco al trozo grande pero entonces quedó ese trozo más pequeño que el otro. Como no quedaban iguales la zorra mordió del otro trozo, quedando otra vez más pequeño. Y así siguió la zorra durante un buen rato, mordiendo un trozo, mordiendo del otro. Los ositos solo hacían que mirar a la zorra y seguir con sus miradas los trozos de queso. La zorra mientras tanto se iba comiendo todo el queso, disfrutando con cada mordisco.
Al final la zorra consiguió dejar los dos trozos casi iguales, pero para entonces ya no quedaba prácticamente queso. Los dos ositos se quedaron con dos trocitos muy pequeños, pero iguales. La zorra movió contenta su cola y desapareció en el bosque.
Y esto es lo que pasa cuando somos tacaños, nos quedamos sin nada.

La pobre viejecita

Informante/procedencia: Elkin Marín, Colombia.

Introducción/información previa: Elkin recuerda este fragmento de un cuento muy popular de Rafael Pombo. Es tan conocido que cuando alguien se queja de que no tiene nada que ponerse o que no ha comido mucho la gente contesta: “¡Ay, como la pobrecita viejecita!” pasando a ser una expresión de la cultura popular.


Érase una pobre viejecita
Sin nadita que comer
Sino carne, frutos,
Tortas, huevos, pan y pez.
Bebía caldo, chocolate,
Leche, vino, té y café,
Y la pobre no encontraba
Nada que beber.
Y esta pobre viejecita no tenía
Ni un ranchito en que vivir
Fuera de una casa grande
Con su huerta y su jardín.
Nadie, nadie la cuidaba
Sino Andrés, Juan y Gil
Y ocho criados y dos pajes
De librea y corbatín.

El conejo y el elefante

Informante/procedencia:  Harouna Coulibaly, Mauritania.


Todos los años se celebraba una reunión a la que acudían todos los animales a la casa del león, el rey de todos los animales salvajes. Allí se contaban las cosas, discutían y se daban órdenes para el siguiente año.
El conejo salvaje era el animal más pequeño de todos los animales que allí se reunían. Cada año, cuando llegaba la fecha de la celebración de la reunión se ponía en el camino por el que pasaba el elefante. Todos los años cuando el elefante la veía, le preguntaba:
–    Tú, conejo, ¿qué haces aquí?
Dice:
–    Hombre, estoy aquí para ir a la reunión.
–    Yo también.
–    Quiero ir para allá, pero como voy más lento porque soy el más flojo de todos, estoy aquí, caminando hacía allá.
–    Yo también. -Dice el elefante- Bueno, súbete aquí.
El conejo trepaba hasta arriba del elefante y se quedaba en su dorsal. Cuando estaban llegando al pueblo el elefante le decía al conejo:
–    Bájate, conejo.
–    No, elefante, no.
–    Si llegamos allí y tú estás encima mío, la gente va a hablar de mí. Van a decir que te dejo subir y que te llevo. Así que, baja, baja, que ya hemos llegado. Baja.
Al final el conejo, baja.
Aquel año los animales hicieron la reunión y al final el conejo les  dijo a todos:
–    Yo soy el animal más pequeño, pero soy el más listo. Cada año cuando hay que venir a la reunión consigo que el elefante me traiga hasta aquí.
Los animales le respondieron:
–    No, eso no es posible. No. No te creemos.
El conejo les dice:
–    Sí. Sí, sí, sí.
El elefante que estaba oyendo toda la conversación le dijo al conejo:
–    Yo te hacía un favor a ti cada año para traerte hasta aquí y que no te cansaras, y ahora tú se lo cuentas a todos los animales. ¡Eso no es serio!
El conejo le respondió:
–    Pero tú lo haces, ¿no?
–    Sí, lo hago. Pero no tenías que contárselo a los animales.
Tras la conversación todos los animales se fueron.
Al año siguiente, el elefante volvió a la reunión, enfadado.
En el mismo lugar de todos los años, en medio del camino del elefante, se puso a esperarlo el conejo.
Al llegar allí el elefante vio al conejo. Enfadado como estaba le saludó pero no se detuvo como siempre, solo quería pasar. El conejo, viendo que no paraba, lo llamó y le dijo:
–    Elefante, tú, ¿qué? ¿No me preguntas nada? Yo estoy enfermo. Me parece que este año no voy a poder asistir a la reunión porque estoy muy malo.
El elefante le respondió:
–    Vale. Cada año te he llevado, aunque no estabas malo, porque eras el más flojo de todos los animales. Yo te dejaba subir encima de mí, pero el año pasado se lo contaste a todos los animales. Así que ya no pienso llevarte más.
–    Bueno, yo este año me parece que me quedaré aquí porque no puedo ir. Estoy enfermo.
Pero al final el elefante se lo miró y le dijo:
–    Bueno, vale. Sube. ¡Pero no se lo tienes que contar a nadie!
–    Vale.
El elefante cogió una vez más al conejo, lo subió encima de su espalda y empiezó a caminar. Cuando llegaron al pueblo, el elefante le dijo:
–    Conejo, baja. Baja y espabila para llegar tú solo hasta el pueblo.
–    No, elefante, por favor, llévame hasta la casa del león porque de verdad te digo que yo no puedo ni andar.
El elefante se lo quedó mirando, pero como el conejo era más listo, lo volvió a engañar. El elefante lo llevó encima hasta la casa del león.
Allí ya estaban reunidos todos los animales. Los únicos que faltaban eran el elefante y el conejo. Al llegar, todos pudieron ver que el conejo venía montado encima del elefante. El conejo orgulloso dijo:
–    Oh, mirad todos. El año pasado os conté como todos los años me traía el elefante encima suyo hasta la reunión. El año pasado lo negó ¿verdad? Y vosotros  no lo creíais. Y este año ¿qué?
–    Este año, todos vemos que estás encima del elefante.
El elefante enfadado dice:
–    ¡Qué malo eres, conejo! ¡Bájate, bájate!
Y así fue como el conejo engañó una vez más al elefante.
Donde (este cuento) yo he cogido, yo lo he metido.

El ánima de Santa Helena

Informante/procedencia: Elkin Marín, Colombia.

Introducción/información previa: Elkín recuerda que por la tarde se reunían todos sus primos con sus abuelos a rezar el Rosario y después oían historias que les contaban los mayores. Entre esas historias recuerda la del ánima de Santa Helena.


Era un 16 de enero con la brisa mañanera
cuando escuchaba yo el canto de la pava montañera
en los copos de un almendro lamentaba la tragedia
sucedida en el parrando, casa de Ramón Herrera.
Y fue cosa de lamentar, como algunos lo creyeran,
por amor a una mujer dos hombres dieron pelea
entablando discusión por tan delicada belleza
siendo asunto del destino que la inocente muriera.
Les cantaré como historia lo que vi desde la puerta
con el ojo entredormido, como gavilán de sierra,
contemplando aquel desorden como venado en gallera
y lo que vino después de esta fiesta sabanera.
Es ley del llanero darle la mano al que llega
el que está adentro se atiende y el que está afuera se apea
y con gran algarabía se le abre la talanquera
como si fuera un hermano que de otra tierra viniera.
Y siguiendo este relato se desenvolvía la fiesta
en el ato de don Ramón, un hombre de gran faena,
de esos viejos llaneros que no toman caldo de lengua
para decirle verdades a cualquier sute de escuela.
Se festejaba el cumpleaños en albor de primavera
a una linda catira como la flor azucena
y fueron 15 años los pétalos los que a mí me dieran pena
que fueran a marchitarlos abejas de otra colmena.
Sonaban golpes llaneros en el arpa sabanera
era el joropo altanero anunciando la tragedia
recordaba a Florentino y su sombría leyenda
cuando vi llegar a dos hombres, parecía que el diablo fueran.
Serían las 6 de la tarde, pasó la garza morena
y cantando el alcaraván dieron su luz sus espermas
se escuchaba en la cañada algarabía de chenchena
y en el estéreo lejano se alzaban garzas paleta
Relinchó el caballo, conmovió a la concurrencia
amorraron sus monturas, acomodándoles sueltas
se quitaron el sombrero pero entraron por espuelas
venían con el traje negro, revolver y cartuchera.
Saludando el primero, con ademán de fiereza,
se dirigió al artista manifestándole una seña
fijó la vista al contorno y como buscando querella:
“Yo vengo de Santa Rita, contrapunteo con cualquiera.”
Los nubarrones del cielo dieron paso a las estrellas
la brisa se disipó dándole a la luna mas fuerza
que así cubrió a la sabana y suavizó los hilos de seda
mientras que en aquella montaña se oían rumores de fieras.
Un mocetón bien llanero, con mirada de gacela,
se prendió de las maracas y con revuelo de muñeca
marcando un sumba que sumba, contrapunteó la pieza
manteniendo furia y cantándole al fogón con leña seca.
“Yo soy gavilán, primito, cuando me enfrento a la presa
soy un toro cimarrón que no doy ni lo alcanza la bestia
soy código de valor, con ley de naturaleza
si me saludan, saludó; si me la buscan, me encuentran”
Con grito y zapateo contrapunteó la concurrencia.
Las muchachas comentaban: “Aquí comenzó la fiesta”
y los viejos se levantaron y empinaron la botella,
la gente se fue agolpando para escuchar la respuesta
“Mi nombre lo tengo escrito con el poder y la fuerza
de estar oyendo mentiras tengo la barriga llena
yo soy el hombre que en vida se llevará esta doncella
catirita, ojos azules, a quien le brindan la fiesta”
“Quién a visto que un padrón se deje quitar la yegua
por un caballo capón, de engorde y para la venta,
yo de esto estoy muy seguro y me atrevo a cerrar con apuesta
acomódese el sombrero, cuñao, buen viaje y peseta”
Y no terminó la copla cuando se armó la pelea
metieron las manos a las armas y a la luz de las espermas
querían demostrar con esto que el que menos corre, vuela,
y con el cantar de los gallos se dividieron las cuentas.
El que prendió la furrusca quedó mirando la puerta
con un balazo en la frente, fruto de su querella;
pero una bala de su arma, una bala traicionera,
marchitó los 15 albores, de aquella flor azucena.
Se fue oscureciendo el cielo y brillaban las estrellas
el arpa tocó un lamento una tonada llanera
canto el guaitacaminos, se oían relinchos de bestia
y por la inmensa llanura galopaba quien viniera.
Con igual cobardía, y como apostando carreras,
se fue alejando un amigo, que acompañó en la reyerta,
a un jinete forastero del hato Santa Helena
aborreciendo la vida del llanero de estas tierras.
Si a mí no me lo preguntan, tampoco suelto la lengua,
el que no baila se sienta, el que no baila peca,
me gusta ser lo que soy para mostrar mi conciencia
sucedió en el Cinaruco, frontera con Venezuela.
Aquí termina el relato que mi memoria recuerda
y dicen que por cada año marcando la fecha
se ve una blanca figura de inigualable belleza
alejando a los forasteros del hato Santa Helena.

El clavo de Joha

Informante/procedencia: Nezha El Hajjaji, Marruecos.

Introducción/información previa: Nezha cuenta que este cuento explica una frase que se dice para las personas que son pesadas, que se aprovechan de los demás y que solo miran por su interés.


Joha necesitaba dinero y arrendó su casa a un prestamista. Pasado el tiempo el señor necesitaba recuperar su dinero, así que fue a pedírselo a Joha y le avisó:
–    O me devuelves el dinero o voy a vender la casa y recupero mi dinero.
–    De acuerdo, la puedes vender, pero el clavo que hay en la habitación seguirá siendo mío.
–    Bueno, por un clavo… Pues así será.
Y el señor vendió la casa.
Un día Joha regresó a su casa y llamó a la puerta.
–    ¿Qué es lo que quiere?
–    Quiero ver mi clavo.
–    Pase.
Joha entró, se quitó la chilaba y la colgó en el clavo.
Al día siguiente volvió a su casa, llamó y le dijeron:
–    ¿Pero qué quiere ahora?
–    Voy a recoger la chilaba que está en “mi”  clavo.
Joha recogió la chilaba, en su lugar dejó un camisón, y se fue.
A partir de ese día Joha volvía todos los días, recogía lo que había en su clavo y dejaba otra cosa. Tan pesado se hizo que al final el dueño de la casa se hartó y le dijo:
–    Déme lo que quiera por la casa y quédese con ella.
Y Joha la recuperó por un dinero que no era lo que valía la casa.