El señor del invierno y las dos hermanas

Informante/procedencia: Irina Prodius, Moldavia.

Idioma: Ruso.

Introducción/información previa: Irina recuerda este cuento con mucho cariño porque le encantaba de pequeña. Ahora se lo cuenta a su hijo.


Érase una vez un hombre y una mujer muy mayores que tenían dos hijas. La madre no quería nada a la hija mayor, solo quería a la pequeña, por eso encargaba todas las tareas de la casa a la hija mayor que tenía que limpiar la casa, hacer las camas, encender el fuego, dar de comer a los animales… A pesar de hacer todos los trabajos la madre nunca estaba contenta con ella. Sin embargo la hermana pequeña siempre se levantaba muy tarde y era muy vaga.
Un día la madre le dijo a su marido:
Tienes que llevar a nuestra hija mayor al bosque y abandonarla al lado de un árbol porque ya no puedo aguantarla más en casa.
Al padre le daba muchísima pena dejarla sola en el bosque pero la montó en el trineo y se la llevó. Tal y como le dijo su mujer, dejó a la niña debajo de un pino.
La niña se quedó allí, debajo del pino, pasando mucho frío. De repente la niña escuchó la voz del Señor del Invierno que le preguntaba:
– ¿Tienes calor, pequeñita?
– Sí, claro, señor. Tengo mucho calor.
El Señor del Invierno que estaba en la copa del pino empezó a bajar para ver mejor a la niña. Le volvió a preguntar:
– ¿Tienes calor?
– Sí, sí. Claro que tengo calor –le contestaba la niña muy educadamente.
El Señor del Invierno siguió bajando y empezó a soplar sobre la niña para que tuviera más frío. Le volvió a preguntar:
¿Tienes calor?
La niña, casi sin poder hablar del frío que tenía, dijo:
Claro que tengo calor, Señor del Invierno. ¡Mucho calor!
Cuando la niña estaba a punto de quedarse congelada el Señor del Invierno bajó del árbol y le dio un abrigo de piel de zorro y empezó a calentarla.
Al día siguiente el padre de la niña fue al bosque a verla. Sorprendido, encontró a su hija sana y salva, con un abrigo de pieles muy bonito y, además, con un tesoro lleno de regalos.
El padre cogió a la hija y al tesoro y se los llevó de nuevo a casa. Cuando llegaron y la madre vio todo aquello que traían, enseguida le dijo a su marido muerta de envidia:
Mañana mismo llevas a nuestra hija pequeña al mismo sitio y la dejas allí, debajo del árbol, porque el Señor del Invierno tiene que darle también regalos.
El padre al día siguiente llevó al mismo lugar a la hija pequeña y la dejó allí. Enseguida la pequeña escuchó la voz del Señor del Invierno que le preguntaba:
¿Tienes calor, hija  mía?
– No. ¡Tengo mucho frío! –contestó de malos modos.
El Señor del Invierno, igual que hizo con la hermana mayor, se fue acercando a ella, bajando por el pino y le preguntó:
¿Tienes calor, pequeña?
– ¡No! Te he dicho que tengo mucho frío.
El Señor del Invierno, más cerca, le volvió a preguntar:
¿Ya estás helada?
– Sí, estoy muerta de frío. ¡Fuera, fuera de aquí! ¡No puedo aguantar más de frío! ¡Vete!
El Señor del Invierno, al ver lo egoísta que era la niña y lo mal educada que estaba, supo bien qué tesoro dejarle. Nada.
Cuando el padre regresó por la mañana a buscar a su hija pequeña la encontró tiritando de frío, sin nada. La recogió y la llevó de regreso a casa. En la puerta estaba la madre, ansiosa, esperándola pero cuando la vio llegar abrió los brazos preguntándose qué había pasado y dónde estaban sus tesoros. Entonces comprendió, con mucha rabia, que su hija pequeña se había quedado sin nada por ser vaga y mal educada.

La medida del amor materno

Informante/procedencia: Mario Lai, Italia, Isla de Cerdeña.

Introducción/información previa: Mario recuerda que su madre les contaba este cuento de niños.


Érase una vez, en un país no muy lejano que podría ser el nuestro, una mujer que vivía sola por las circunstancias de la vida. Probablemente porque era viuda. Está mujer tenía un hijo y tenía que trabajar mucho para sacar adelante a su hijo, educarlo y alimentarlo.
Entonces, esta madre se esforzó del modo mejor que pudo. Trabajaba lavando ropa, fregaba suelos, limpiaba casas y hacía todos los trabajos que ella podía para darle todo lo que necesitaba a su hijo. Y así resultó que con todo ese trabajo y su esfuerzo el hijo fue creciendo y estudiaba, y ella veía recompensado su esfuerzo. El niño crecía sano e inteligente y tenía todo lo que necesitaba: una buena cartera para ir a la escuela, cuadernos, lapiceros, pinturas… El niño poco a poco fue creciendo y los maestros de la escuela le dijeron a su madre que este niño era una promesa, muy capaz para estudiar. La madre cada día se esforzaba más y el niño seguía creciendo y estudiando más. Hizo el instituto y llegó a la universidad. Resultó que realmente era una persona muy capaz. Llegó al mundo del trabajo donde consiguió muchos éxitos y llegó a ser rico. Se casó con una mujer rica e inteligente como él y llegaron a tener una vida próspera y feliz con todas las comodidades que una persona pudiera desear.
El desarrolló de la vida del hijo, su madurez, corresponde con el envejecimiento de su madre, que de joven llega a adulta, de adulta llega a vieja, y de vieja llega a incapaz por no tener ya la fuerza suficiente para poder seguir trabajando.
Un día, después de mucho pensárselo y de tanta preocupación sin saber como terminaría su vida sin tener la fuerza para poder trabajar, pensó en ir a visitar a su hijo. El hijo vivía en una mansión. La madre llamó y salió a abrir una criada. La madre le dijo que venía a ver a su hijo y él se sorprendió mucho al verla.
Mamá, mamá, ¿cómo estas?
La madre le explicó que no era capaz de llegar a ganarse el sustento porque no tenía fuerza ni salud suficiente.
El hijo la llevó a la despensa de su casa que estaba toda llena de alimentos, legumbres, salami, vino, de todo… Y le dijo a su madre que no debía preocuparse. Cogió una cesta y comenzó a meter dentro de la cesta cosas que creía que su madre podría necesitar. Cogió un almud (una medida) y con él iba cogiendo alimentos, lo llenaba y lo enrasaba con la mano para meter la medida justa. Una medida de verduras, una medida de garbanzos, una medida de trigo. Y la madre al mismo tiempo que sentía la gratitud de que su hijo pudiera ayudarla ahora a ella, pensó viendo el modo en que su hijo metía los alimentos en la cesta, pensó que ella nunca jamás le había medido ni su trabajo, ni su esfuerzo, ni la leche con la que lo alimentaba cuando era niño.

El sol y el viento

Informante/procedencia: Polyxeni Tsalera, Grecia.

Introducción/información previa: Polyxeni recuerda con cariño esta fábula de Esopo que le contaban de pequeña.


Una vez el sol y el viento discutían sobre quien era más fuerte de los dos.
Yo – decía el sol.
No, yodecía el viento.
Los dos eran muy testarudos.
Hagamos una apuestadijo al final el viento.
¿Qué apuesta? preguntó el sol.
Elegiremos a la primera persona que pase y el que sea capaz de quitarle al ropa será el más fuerte.
Aceptodijo el sol.
Al poco rato apareció un hombre que caminaba solo por el campo. El viento sopló y sopló con todas sus fuerzas. El hombre agachó la cabeza, cruzó los brazos para protegerse del viento y se abrochó el abrigo. Cuanto más se esforzaba el viento, más se apretaba el pobre hombre la ropa. Al sentir tanto frío, se echó por encima una manta que llevaba en un saco. Cuanto más soplaba el viento, más se tapaba el hombre.
Al final el viento se cansó, dejó de soplar y le dijo al sol:
Ahora te toca a ti.
El sol salió en el cielo y enseguida el hombre se quitó la manta y la guardó en el saco. El sol lucía cada vez más y el hombre se desabrochó el abrigo. Cuánto más brillaba, más calor tenía el hombre que empezó a sudar mucho. Al final, se quedó completamente desnudo y buscaba un árbol para sentarse a la sombra. Pero como no encontraba ninguno, se tiró al río y se quedó ahí hasta que el sol dejó de brillar tanto.
Tú eres el más fuerteadmitió el viento.

Los dos ositos tacaños

Informante/procedencia: Irina Prodius, Moldavia.

Idioma: Ruso.


Érase una vez en un bosque una osa con dos ositos. Cuando los dos ositos crecieron mamá osa les dijo:
–    Ahora ya habéis crecido y sois mayores. Recordad que sois hermanos y que nunca tenéis que separaros.
Al día siguiente los dos hermanos osos se fueron de casa a conocer el mundo. Después de  muchos días andando por el bosque, se quedaron sin comida.
–    ¡Qué hambre tengo! –dijo el hermano mayor.
–    Yo también tengo hambre –dijo el hermano pequeño.
De repente vieron los dos una enorme bola de queso. Los dos ositos la cogieron. Enseguida se pusieron a pensar cómo partirla, pero no sabían cómo pues cada uno tenía miedo de que el otro se quedara con una parte más grande. Los dos ositos empezaron a discutir entre ellos. Justo en ese momento por allí pasó una zorra:
–    ¿Por qué discutís?
Los ositos le contaron su problema.
–    No os preocupéis, yo os puedo ayudar –dijo la zorra.
–    ¡Qué bien! –dijeron los ositos.
La zorra partió con sus patas la bola de queso en dos, pero las partes no eran iguales, había una más grande que la otra. Los dos ositos gritaron:
–    ¡Este trozo es más grande que el otro!
–    No os preocupéis. Yo os puedo ayudar en esto también –dijo la zorra-. Esperad un poco.
La zorra dio un mordisco al trozo grande pero entonces quedó ese trozo más pequeño que el otro. Como no quedaban iguales la zorra mordió del otro trozo, quedando otra vez más pequeño. Y así siguió la zorra durante un buen rato, mordiendo un trozo, mordiendo del otro. Los ositos solo hacían que mirar a la zorra y seguir con sus miradas los trozos de queso. La zorra mientras tanto se iba comiendo todo el queso, disfrutando con cada mordisco.
Al final la zorra consiguió dejar los dos trozos casi iguales, pero para entonces ya no quedaba prácticamente queso. Los dos ositos se quedaron con dos trocitos muy pequeños, pero iguales. La zorra movió contenta su cola y desapareció en el bosque.
Y esto es lo que pasa cuando somos tacaños, nos quedamos sin nada.

El clavo de Joha

Informante/procedencia: Nezha El Hajjaji, Marruecos.

Introducción/información previa: Nezha cuenta que este cuento explica una frase que se dice para las personas que son pesadas, que se aprovechan de los demás y que solo miran por su interés.


Joha necesitaba dinero y arrendó su casa a un prestamista. Pasado el tiempo el señor necesitaba recuperar su dinero, así que fue a pedírselo a Joha y le avisó:
–    O me devuelves el dinero o voy a vender la casa y recupero mi dinero.
–    De acuerdo, la puedes vender, pero el clavo que hay en la habitación seguirá siendo mío.
–    Bueno, por un clavo… Pues así será.
Y el señor vendió la casa.
Un día Joha regresó a su casa y llamó a la puerta.
–    ¿Qué es lo que quiere?
–    Quiero ver mi clavo.
–    Pase.
Joha entró, se quitó la chilaba y la colgó en el clavo.
Al día siguiente volvió a su casa, llamó y le dijeron:
–    ¿Pero qué quiere ahora?
–    Voy a recoger la chilaba que está en “mi”  clavo.
Joha recogió la chilaba, en su lugar dejó un camisón, y se fue.
A partir de ese día Joha volvía todos los días, recogía lo que había en su clavo y dejaba otra cosa. Tan pesado se hizo que al final el dueño de la casa se hartó y le dijo:
–    Déme lo que quiera por la casa y quédese con ella.
Y Joha la recuperó por un dinero que no era lo que valía la casa.

La ardilla y el conejo

Informante/procedencia: Allawourou Balde, Guinea Conakri.

Introducción/información previa: Cuento tradicional guineano en pular.


Érase una vez una ardilla que vivía en lo alto de los árboles y que todos los días iba saltando de árbol en árbol hasta llegar al campo que ella misma cultivaba.
Cuando llegó el tiempo de la recolección, el conejo hizo un camino desde su madriguera hasta llegar al campo de la ardilla. Y al día siguiente el conejo fue a hablar con el alcalde del pueblo para decirle que la ardilla quería quitarle su campo.
Entonces el alcalde hizo que fueran a juzgar a la ardilla y al conejo. Los jueces le pidieron al conejo que presentara las pruebas que demostraran que el campo era suyo. El conejo dijo:
–    Este es el camino que va desde mi madriguera hasta el campo.
Tanto los jueces como el conejo recorrieron todo el camino que conducía al campo.
Después los jueces también pidieron a la ardilla que demostrara que el campo era de ella. La ardilla dijo:
–    Todos los días voy de árbol en árbol desde mi casa hasta llegar a mi campo.
Entonces los jueces decidieron que la ardilla estaba mintiendo y le dieron el campo al conejo.
Pasado un año, un viernes, el día de la oración, la ardilla se cubrió todo el cuerpo de miel, y se echó por encima de la miel una gran cantidad de ceniza. Además, se puso en la cabeza mucho algodón. Con ese aspecto se fue a la puerta de la mezquita y se quedó tumbada esperando a que salieran de rezar.
Cuando la gente salió de la mezquita todos se preguntaban qué era aquello, pero ninguno lo sabía. Así que decidieron llamar al conejo para preguntarle qué era aquello, puesto que él era el más listo.
El conejo al llegar miró durante mucho rato a la ardilla disfrazada, y dijo:
–    Yo soy muy listo, tanto que pude engañar a la ardilla para quitarle su campo. Pero a pesar de eso no tengo ni idea de qué animal es este.
Al escuchar esto la ardilla se abalanzó sobre el conejo para darle un cachete y dijo:
–    ¡Ya habéis escuchado que me quitó mi campo! ¡Yo tenía razón!
Visto el engaño los jueces hicieron que el conejo le pagara a la ardilla el uso del campo de todo ese año que había pasado y que le devolviera el campo.
Moraleja: Por muy listo que seas, algún día te encontrarás con alguien que lo sea todavía más.

Esta por esa, y seguimos siendo hermanos

Informante/procedencia: Nezha El Hajjaji, Marruecos.

Introducción/información previa: Nezha cuenta que este cuento sirve para explicar una frase que se utiliza cuando entre dos personas una se porta mal con la otra y la segunda se lo devuelve a la primera.


Cuentan que hace mucho tiempo en un pueblo vivía un Cheikh, una persona muy mayor y respetada que mandaba en el poblado. El Cheikh era amigo de Joha.
Un día salió el alguacil con su altavoz a anunciar por todos los barrios que el Cheikh había dicho que a aquel que fuera capaz de dormir toda la noche en el minarete de Kotubia le daría mucho dinero.
Cuando Joha escuchó lo que decía el alguacil fue corriendo a ver a su amigo Cheikh y le dijo:
–    Amigo mío, he escuchado que el alguacil decía que al que duerma toda la noche en el minarete de Kotubia le vas a dar mucho dinero.
–    Sí. Le daré mucho dinero. ¡Vete tú!
Y Joha se fue. Durmió toda la noche en el minarete y a la mañana siguiente fue a ver al Cheikh y le dijo:
–    He pasado toda la noche en el minarete.
–    Demuéstramelo.
–    Yo he visto el humo del fuego del poblado de Bengrir.
Y le dijo el Cheikh:
–    ¡Levántate y vete de aquí! Estabas calentándote en ese fuego.
Joha se fue enfadado y juró que se lo devolvería.
Después de mucho tiempo, cuando ya no se acordaban de lo que había pasado, Joha invitó a su amigo Cheikh a cenar en su casa. Llenó una tinaja con carne y verdura, la colgó en el techo de casa y en el suelo puso una vela.
Llegó el Cheikh y durante mucho rato hablaron y hablaron. Después de mucho rato el Cheikh le dijo:
–    Joha, tráenos la comida. Después del viaje y tanto rato hablando estamos cansados y tenemos mucha hambre.
–    Espera, amigo mío, la cena ya se está cociendo.
Siguieron hablando varias horas más. El Cheikh ya enfadado le dijo:
–    Joha, ¡queremos cenar! ¡Trae ya la comida!
Entonces Joha le cogió del brazo y le llevó a donde estaba colgada la comida. Y le dijo:
–    Lo ves, allí está colgada la comida y allí está el fuego.
–    ¿Eres tonto o qué? ¿Cómo quieres que se caliente la comida que está en el techo con el fuego que está en el suelo?
–    ¿Cómo quieres que me caliente, si yo estaba en el minarete, con el fuego que estaba en Bengrir?
Y le dijo el Cheikh:
Pues es verdad. Esta por la otra, y seguiremos siendo amigos.

Iguana eso te pasa por haragana

Informante/procedencia: Melisa Ortiz Gerad, Argentina.

Introducción/información previa: Melisa recuerda este cuento de su infancia. Para poder contárnoslo más fielmente a sus recuerdos recurre al libro “Leyendas argentinas” de la Editorial León Benarós.


¡Ay, qué pobrecita soy y que desvestida estoy! Para mi mal, no tengo ni un chal. Y para mi desgracia completa, no tengo ni una pañoleta. El único abrigo que tengo para el invierno es esta brazadita(1) de lana roja, hilachienta y desteñida, que me cubre. Si tiene compostura, sí, tal vez, con una costurita aquí, con una costurita allá. Pero hoy no tengo ganas. Mañana empezaré a arreglarla, sí. Mañana. Hoy quiero disfrutar del solcito que está muy lindo. Todo mientras caliente el sol. La brazadita no me hace falta, y si refresca mucho a la tarde he de meterme en una cuevita y allí encontraré reparo.
¿Dónde habré puesto mi costurero? ¡Hace tanto que no hago una labor que ya ni sé dónde está! Pero mañana he de encontrarlo. Entonces le daré unas puntaditas a mi brazadita vieja, para que no siga deshaciéndose. Sí, mañana. Hoy, no, porque el solecito está tan lindo… Da gusto tenderse a disfrutar el solecito que da. Total… hay tiempo para darle unas puntaditas a mi brazadita hilachienta.
Así hablaba sola la haragana señora. Así se prometía arreglar mañana su brazadita. Y así dejaba siempre para mañana la tarea. ¡Una mañana que no llegaba nunca! Hasta que pasó otra señora, muy diligente, cargada con su bolso lleno de papas(2) y zapallitos(3). ¡Apenas podía con el peso la buena señora! Un descansito se tomó, como para darse aliento, y vio a la haragana disfrutando del solcito, tendida en la arena. De puro comedida, la saludó así:
– Buen día, comadre. Lindo el solcito, ¿no?
– Muy lindo.
– ¿Hoy no trabaja?
– No. Tal vez mañana.
– ¿No le parece que su brazada anda necesitando unas puntaditas? Si no la cose, se la va a deshacer. Qué espera, ¿hasta mañana?
– Porque ahora estoy disfrutando el solcito, pero mañana, se lo juro, buscaré mi costurero. Y en cuantito lo encuentre, arreglaré mi brazadita. ¡Le juro que mañana lo arreglaré!
Tanto juró y juró en vano la haragana señora que Dios se enojó y dijo:
Sino quiere trabajar
porque no le da la gana
la convertiré en iguana
Y así fue, na más. Y allí anda la haragonota, tan ociosa como siempre tendida al sol durante la siesta y escondida en alguna cuevita cuando hace frío.
Han visto que doña Carapuca, así llaman a la Iguana en Santiago del Estero, tiene su cuerpo mal vestido como si llevara encima una brazada rota. No se lo hagan notar, porque podría enojarse y soltar uno de sus temibles coletazos.

1. Manta
2. Patatas
3. Calabacines

La cabrita del señor Seguin

Informante/procedencia:  Maribonne Brun, Francia.


Yo voy a contaros el cuento de la cabra del señor Seguin.
¡Qué bonita era la cabrita del Señor Seguin! ¡Qué bonita era con su barbita, dulces ojos, sus pezuñas negras y su pelo blanco! Dócil, cariñosa, y obediente. Era un cielo de cabrita.
El señor Seguin vivía en una casita al pie de la montaña. Ató a la cabrita en un prado, a un árbol, dejándole mucha cuerda para ser libre.
La cabrita parecía feliz; pacía la hierba del prado, daba mucha leche y el señor Seguin estaba encantado.
Pero un buen día, la cabrita, le dijo:
– Escuche, señor Seguin. Yo me aburro aquí. Esta cuerda me hiere el cuello y me gustaría irme a la montaña, allá arriba.
– ¡Cómo, Blanquita! ¿No estás bien conmigo?
– No, yo no soy ni una vaca ni un burro para estar atada todo el día. Necesito comer, necesito libertad y quiero ir a la montaña, allí arriba.
– ¡Pero, infeliz! ¿No sabes que en el monte está el lobo? ¿Y qué harás cuando te lo encuentres?
– Me defenderé con mis cuernos.
– Ah, pequeña loca, ¡tus cuernos! El lobo ya se ha comido muchas cabras mucho más fuertes que tú.
– Por favor, señor Seguin, déjeme ir a la montaña.
– No, no y no. Tú no te irás de la casa. Y para eso voy a encerrarte en una cuadra.
Y la encerró en una pequeña cuadra, toda oscura, con la puerta cerrada con llave. Pero la pícara se dio cuenta de que la ventana estaba abierta y de un salto se escapó por ella.
Ella llega a la montaña y… ¡Qué feliz estaba la cabrita del señor Seguin! Ella retozaba, ella corría, saltaba de un sitio a otro. Ella saludaba a los árboles, saludaba a las flores, jugaba con los otros animales. ¡Estaba ebria de libertad!
Pero de repente, el monte se oscureció, el viento sopló, la noche cayó…
Oyó en el valle el cuerno del señor Seguin que decía:
– ¡Regresa, Blanquita! ¡Regresa, Blanquita!
Y el lobo, en la montaña, que aullaba: “Auuu, auuu”.
Y el cuerno, en el valle, que repetía:
– ¡Regresa, Blanquita! ¡Regresa, Blanquita!
Y el lobo, en la montaña, que aullaba: “Auuu, auuu”.
La cabrita no sabía que hacer.
– ¿Qué debo hacer? –se preguntó-. Volver a esta casa tan triste o quedarme en la montaña. Pero, ¿y si me come el lobo?
Y de repente, oyó un ruido de hojas a su lado. A su lado el lobo la miraba con sus grandes ojos malos y relamiéndose su hocico.
– ¡Ah, ah! La cabrita del señor Seguin. Carne bien fresca y bien tierna –oyó decir al lobo- ¡Esta noche voy a tener una buena cena!
Blanquita se vio perdida pero con mucho valor se enfrentó al lobo con sus cuernos. La lucha duró mucho tiempo, toda la noche, hasta que, al alba, sin fuerzas, la cabrita se tumbó en la hierba. Su pelo blanco estaba todo manchado de sangre.
Entonces, el lobo saltó encima de la cabrita y se la comió.
Cric, crac, croc, mi cuento se acabó.

La carrera de las gallinitas

Informante/procedencia:  Rocío Bellot Torres, México.


Había una vez en el bosque unos animales que organizaron una carrera.
En la carrera iban a participar tres gallinitas: una blanca, una marrón y una negra.
Organizaron la carrera para el fin de semana que viene y cuando llegó el domingo, las gallinitas estaban listas para concursar.
¡Y empezó la carrera!
El venado tocó la salida y salieron las gallinitas, listas para ganar. Iban en primer lugar, la negra, en segundo la marrón y luego la blanca. Las tres querían ganar e iban apurándose lo más que podían, pero la negra era la más rápida. Y en el bosque, la negra que había adelantado por mucho a las otras dos, se encontró a un pobre pajarito que se había caído del nido y a su mamá, que no lo podía subir de vuelta al nido. Y la mamá pajarita dijo:
– Gallinita, gallinita, por favor, ayúdame a subir a mi hijito al nido que yo sola no puedo.
Y la gallina dijo:
– ¡Pero que me dices! Si yo lo que tengo que hacer es llegar la primera a la carrera. Lo que quiero es ganar. Si pierdo el tiempo, perderé.
Y siguió su camino.
Más adelante se encontró a una pobre rana en medio de un charco que por más que nadaba y nadaba, estaba atascada y no podía llegar a la orilla y se iba a ahogar. Y le dijo:
– ¡Gallinita, gallinita negra, por favor, ayúdame! Necesito salir de este charco o me ahogaré. ¡Estoy atrapada!
Y la gallina le dijo:
– ¡Otro animal que necesita ayuda! No puede ser. ¡Yo lo que necesito es llegar la primera! Si me paro a ayudar a los animales del bosque nunca voy a ganar la carrera, así que pídele ayuda a alguien más.
Y siguió su camino. Y así en el bosque se fue encontrando más animales que le pedían ayuda y a todos les decía que no, porque lo único que le importaba era ganar la carrera.
Detrás de ella venía la gallinita marrón, que cuando se encontró al pajarito caído del nido la mamá pajarito le dijo:
– Gallinita, por favor, ayúdame a subir a mi hijito al nido, tú que eres grande y vuelas, y tienes plumas mucho más fuertes y grandes que yo. Seguro que me puedes ayudar.
Y la gallinita le dijo:
– ¿Qué? Cómo me pides eso justo ahora que tengo que alcanzar a la gallinita negra, que si no, ya me adelantó por mucho y nunca… no voy a quedar ni en segundo lugar. No voy a poder ganar la carrera. Así que pídele ayuda a alguien más, que hay otros animales en este bosque.
Y cuando llegó a donde la rana, la pobre rana seguía atrapada en el chaco. Le pidió ayuda a la gallinita marrón y la gallinita marrón le dijo que no.
Y siguió su camino.
Y detrás, muy atrás, venía la gallinita blanca, con todo su esfuerzo, intentando alcanzar a las demás. Y creía que podía conseguirlo.
Cuando de pronto se encontró al pajarito caído del nido y le dijo la mamá pajarita:
– ¡Gallinita, gallinita blanca, por favor, ayúdame a subir a mi hijito que se cayó del nido y se va a morir de frío y de hambre! Yo no lo puedo subir.
Y la gallinita blanca dijo:
– ¡Pobre pajarito! Bueno, será más importante ayudarlo que llegar en primer lugar, en segundo o en tercero. Así que correré más rápido después, a ver si consigo acabar la carrera y ayudaré al pajarito.
Y le ayudó a la pajarita a subirlo al nido. Se quedaron muy agradecidas y muy contentas de que la gallinita blanca había sido buena y las había ayudado.
Cuando llegó al charco de la rana, la rana le pidió ayuda a la gallinita blanca. Y la gallinita blanca que tenía muy buen corazón no pudo no ayudar a la rana. Cogió un palito con el pico, le ayudó a llegar a la orilla y la salvó. La rana le dio un beso y un abrazo, y se quedó tan feliz saltando por el bosque y muy agradecida con la gallinita blanca.
Y la pobre gallinita blanca siguió, y siguió, y siguió su camino lo más rápido que pudo. Estaba a punto de alcanzar a las otras dos del esfuerzo que había hecho, cuando llega la meta de la carrera y llega en primer lugar la gallinita negra, en segundo lugar la gallinita marrón y al último, la gallinita blanca.
Todos los animales del bosque las estaban esperando. Y aplaudieron y gritaron y festejaron a las más campeonas. Pero no sabían las gallinitas que había un búho que había estado espiando toda la carrera, que fue a contarles a los jueces todo lo sucedido. Y cuando fueron a dar los premios dijeron los jueces animales del bosque que la gallinita negra había sido la más rápida pero que la gallinita blanca, por ser la de mejor corazón, era la que se llevaba el premio.
Todos los animales se quedaron sorprendidos y todos juntos festejaron a la del primer lugar, pero a la del mejor corazón.