Rin, rin, renacuajo

Informante/procedencia: Elkin Marín, Colombia.

Introducción/información previa: Elkin recuerda que se aprendió este cuento de pequeño en la escuela. Es un cuento muy popular en Colombia del autor Rafael Pombo.


El hijo de rana, Rinrín renacuajo
salió esta mañana muy tieso, muy majo.
Con pantalón corto, corbata a la moda
sombrero encintado y chupa de boda.
-¡Muchacho, no salgas!- le grita mamá,
pero él hace un gesto y orondo se va.
Halló en el camino, a un ratón vecino
y le dijo: -¡Amigo!- venga usted conmigo,
Visitamos juntos a doña Ratona
y habrá francachela y habrá comilona.
A poco llegaron, avanza ratón,
estira el cuello y coge el eslabón,
Da dos, tres golpes. Preguntan: ¿Quién es?
Soy yo, doña Ratona, beso a usted los pies
¿Está usted en casa?
-Sí señor, sí estoy,
y celebro mucho ver a usted hoy.
Estaba en mi oficio, hilando algodón,
pero eso no importa, bienvenidos son.
Se hicieron la venia, se dieron la mano,
y dice Ratico, es más veterano:
– Mi amigo el de verde rabia de calor,
démele cerveza, hágame el favor.
Y en tanto que el pillo consume la jarra
manda a la señora traer la guitarra.
Y el renacuajito le pide que cuente
versitos alegres, tonadas elegantes y…
-¡Ay! de mil amores le hiciera, la venia señora,
pero es imposible darle usted gusto ahora,
que tengo el gaznate más seco que estopa
y me aprieta mucho esta nueva ropa.
  -Lo siento infinito, -responde la tía Rata-,
aflójese un poco el chaleco y corbata,
y yo mientras tanto le voy a cantar
una canción muy particular.
Mas estando en esta brillante función
de baile y cerveza, guitarra, canción,
la gata y sus gatos saltan el umbral,
y vuelve aquello, el juicio final.
Doña gata vieja trincha por la oreja
al niño Ratico, maullándole: ¡Hola!
Y los niños gatos a la vieja rata
uno por la pata y otra por la cola.
Renacuajito miró este asalto
tomó su sombrero, dio un tremendo salto
abrió la puerta y con mano y narices,
fue dando a todos, noches muy buenas y felices.

Los dos ositos tacaños

Informante/procedencia: Irina Prodius, Moldavia.

Idioma: Ruso.


Érase una vez en un bosque una osa con dos ositos. Cuando los dos ositos crecieron mamá osa les dijo:
–    Ahora ya habéis crecido y sois mayores. Recordad que sois hermanos y que nunca tenéis que separaros.
Al día siguiente los dos hermanos osos se fueron de casa a conocer el mundo. Después de  muchos días andando por el bosque, se quedaron sin comida.
–    ¡Qué hambre tengo! –dijo el hermano mayor.
–    Yo también tengo hambre –dijo el hermano pequeño.
De repente vieron los dos una enorme bola de queso. Los dos ositos la cogieron. Enseguida se pusieron a pensar cómo partirla, pero no sabían cómo pues cada uno tenía miedo de que el otro se quedara con una parte más grande. Los dos ositos empezaron a discutir entre ellos. Justo en ese momento por allí pasó una zorra:
–    ¿Por qué discutís?
Los ositos le contaron su problema.
–    No os preocupéis, yo os puedo ayudar –dijo la zorra.
–    ¡Qué bien! –dijeron los ositos.
La zorra partió con sus patas la bola de queso en dos, pero las partes no eran iguales, había una más grande que la otra. Los dos ositos gritaron:
–    ¡Este trozo es más grande que el otro!
–    No os preocupéis. Yo os puedo ayudar en esto también –dijo la zorra-. Esperad un poco.
La zorra dio un mordisco al trozo grande pero entonces quedó ese trozo más pequeño que el otro. Como no quedaban iguales la zorra mordió del otro trozo, quedando otra vez más pequeño. Y así siguió la zorra durante un buen rato, mordiendo un trozo, mordiendo del otro. Los ositos solo hacían que mirar a la zorra y seguir con sus miradas los trozos de queso. La zorra mientras tanto se iba comiendo todo el queso, disfrutando con cada mordisco.
Al final la zorra consiguió dejar los dos trozos casi iguales, pero para entonces ya no quedaba prácticamente queso. Los dos ositos se quedaron con dos trocitos muy pequeños, pero iguales. La zorra movió contenta su cola y desapareció en el bosque.
Y esto es lo que pasa cuando somos tacaños, nos quedamos sin nada.

El conejo y el elefante

Informante/procedencia:  Harouna Coulibaly, Mauritania.


Todos los años se celebraba una reunión a la que acudían todos los animales a la casa del león, el rey de todos los animales salvajes. Allí se contaban las cosas, discutían y se daban órdenes para el siguiente año.
El conejo salvaje era el animal más pequeño de todos los animales que allí se reunían. Cada año, cuando llegaba la fecha de la celebración de la reunión se ponía en el camino por el que pasaba el elefante. Todos los años cuando el elefante la veía, le preguntaba:
–    Tú, conejo, ¿qué haces aquí?
Dice:
–    Hombre, estoy aquí para ir a la reunión.
–    Yo también.
–    Quiero ir para allá, pero como voy más lento porque soy el más flojo de todos, estoy aquí, caminando hacía allá.
–    Yo también. -Dice el elefante- Bueno, súbete aquí.
El conejo trepaba hasta arriba del elefante y se quedaba en su dorsal. Cuando estaban llegando al pueblo el elefante le decía al conejo:
–    Bájate, conejo.
–    No, elefante, no.
–    Si llegamos allí y tú estás encima mío, la gente va a hablar de mí. Van a decir que te dejo subir y que te llevo. Así que, baja, baja, que ya hemos llegado. Baja.
Al final el conejo, baja.
Aquel año los animales hicieron la reunión y al final el conejo les  dijo a todos:
–    Yo soy el animal más pequeño, pero soy el más listo. Cada año cuando hay que venir a la reunión consigo que el elefante me traiga hasta aquí.
Los animales le respondieron:
–    No, eso no es posible. No. No te creemos.
El conejo les dice:
–    Sí. Sí, sí, sí.
El elefante que estaba oyendo toda la conversación le dijo al conejo:
–    Yo te hacía un favor a ti cada año para traerte hasta aquí y que no te cansaras, y ahora tú se lo cuentas a todos los animales. ¡Eso no es serio!
El conejo le respondió:
–    Pero tú lo haces, ¿no?
–    Sí, lo hago. Pero no tenías que contárselo a los animales.
Tras la conversación todos los animales se fueron.
Al año siguiente, el elefante volvió a la reunión, enfadado.
En el mismo lugar de todos los años, en medio del camino del elefante, se puso a esperarlo el conejo.
Al llegar allí el elefante vio al conejo. Enfadado como estaba le saludó pero no se detuvo como siempre, solo quería pasar. El conejo, viendo que no paraba, lo llamó y le dijo:
–    Elefante, tú, ¿qué? ¿No me preguntas nada? Yo estoy enfermo. Me parece que este año no voy a poder asistir a la reunión porque estoy muy malo.
El elefante le respondió:
–    Vale. Cada año te he llevado, aunque no estabas malo, porque eras el más flojo de todos los animales. Yo te dejaba subir encima de mí, pero el año pasado se lo contaste a todos los animales. Así que ya no pienso llevarte más.
–    Bueno, yo este año me parece que me quedaré aquí porque no puedo ir. Estoy enfermo.
Pero al final el elefante se lo miró y le dijo:
–    Bueno, vale. Sube. ¡Pero no se lo tienes que contar a nadie!
–    Vale.
El elefante cogió una vez más al conejo, lo subió encima de su espalda y empiezó a caminar. Cuando llegaron al pueblo, el elefante le dijo:
–    Conejo, baja. Baja y espabila para llegar tú solo hasta el pueblo.
–    No, elefante, por favor, llévame hasta la casa del león porque de verdad te digo que yo no puedo ni andar.
El elefante se lo quedó mirando, pero como el conejo era más listo, lo volvió a engañar. El elefante lo llevó encima hasta la casa del león.
Allí ya estaban reunidos todos los animales. Los únicos que faltaban eran el elefante y el conejo. Al llegar, todos pudieron ver que el conejo venía montado encima del elefante. El conejo orgulloso dijo:
–    Oh, mirad todos. El año pasado os conté como todos los años me traía el elefante encima suyo hasta la reunión. El año pasado lo negó ¿verdad? Y vosotros  no lo creíais. Y este año ¿qué?
–    Este año, todos vemos que estás encima del elefante.
El elefante enfadado dice:
–    ¡Qué malo eres, conejo! ¡Bájate, bájate!
Y así fue como el conejo engañó una vez más al elefante.
Donde (este cuento) yo he cogido, yo lo he metido.

La ardilla y el conejo

Informante/procedencia: Allawourou Balde, Guinea Conakri.

Introducción/información previa: Cuento tradicional guineano en pular.


Érase una vez una ardilla que vivía en lo alto de los árboles y que todos los días iba saltando de árbol en árbol hasta llegar al campo que ella misma cultivaba.
Cuando llegó el tiempo de la recolección, el conejo hizo un camino desde su madriguera hasta llegar al campo de la ardilla. Y al día siguiente el conejo fue a hablar con el alcalde del pueblo para decirle que la ardilla quería quitarle su campo.
Entonces el alcalde hizo que fueran a juzgar a la ardilla y al conejo. Los jueces le pidieron al conejo que presentara las pruebas que demostraran que el campo era suyo. El conejo dijo:
–    Este es el camino que va desde mi madriguera hasta el campo.
Tanto los jueces como el conejo recorrieron todo el camino que conducía al campo.
Después los jueces también pidieron a la ardilla que demostrara que el campo era de ella. La ardilla dijo:
–    Todos los días voy de árbol en árbol desde mi casa hasta llegar a mi campo.
Entonces los jueces decidieron que la ardilla estaba mintiendo y le dieron el campo al conejo.
Pasado un año, un viernes, el día de la oración, la ardilla se cubrió todo el cuerpo de miel, y se echó por encima de la miel una gran cantidad de ceniza. Además, se puso en la cabeza mucho algodón. Con ese aspecto se fue a la puerta de la mezquita y se quedó tumbada esperando a que salieran de rezar.
Cuando la gente salió de la mezquita todos se preguntaban qué era aquello, pero ninguno lo sabía. Así que decidieron llamar al conejo para preguntarle qué era aquello, puesto que él era el más listo.
El conejo al llegar miró durante mucho rato a la ardilla disfrazada, y dijo:
–    Yo soy muy listo, tanto que pude engañar a la ardilla para quitarle su campo. Pero a pesar de eso no tengo ni idea de qué animal es este.
Al escuchar esto la ardilla se abalanzó sobre el conejo para darle un cachete y dijo:
–    ¡Ya habéis escuchado que me quitó mi campo! ¡Yo tenía razón!
Visto el engaño los jueces hicieron que el conejo le pagara a la ardilla el uso del campo de todo ese año que había pasado y que le devolviera el campo.
Moraleja: Por muy listo que seas, algún día te encontrarás con alguien que lo sea todavía más.

Perico, el conejo

Informante/procedencia: Holly Willis, Inglaterra.

Introducción/información previa: Esta versión del cuento de Perico, el conejo, está basada en la colección de cuentos de Beatrix Potter (1866-1943), famosa escritora de cuentos infantiles en Inglaterra. Fue una de las primeras mujeres escritoras especializada en literatura infantil y sus cuentos fueron y son muy conocidos en todo el mundo pasando a formar parte de los cuentos preferidos por los niños.

Holly recuerda como pedían a sus padres, ella y sus hermanos, que les contaran este cuento una y otra vez. También recuerda que llegó a hacerse una serie televisiva con las aventuras de Perico el conejo.


Había una vez cuatro conejitos que se llamaban Pelusa, Pitusa, Colita de Algodón y Perico.
Vivían con su madre bajo las raíces de un abeto muy grande.
Una mañana su madre les dijo:
Mis niños, ¡iros a jugar! Podéis ir por el campo, ¡pero no vayáis al huerto del señor Gregorio! Vuestro padre terminó siendo un pastel de conejo hecho por la señora Gregorio…
¡Venga! Iros a jugar pero no os metéis en líos. Yo voy a salir.
Entonces la señora Conejo cogió la cesta y el paraguas y se fue andando por el bosque a la panadería. Allí compró una barra de pan moreno y bollos.
Pelusa, Pitusa y Colita de Algodón, que eran unas conejitas muy buenas, se fueron por el camino a coger zarzamoras.
Pero Perico, que era un conejito muy travieso, se fue derecho al huerto del tío Gregorio y, estirándose mucho…¡se coló por debajo de la verja!
Primero se comió unas lechugas, después unas judías verdes y por último… ¡se zampó unos rabanitos!
Después de comer todo esto, le empezó a doler su tripita. Se fue a buscar unas ramitas de perejil.
Pero justo al final del jardín, ¿a quién vio? ¡Era el señor Gregorio!
El señor Gregorio estaba de rodillas plantando unas coles pero en cuanto vio a Perico se lanzó tras él con el rastrillo en alto, gritando:
¡PARA!
Perico estaba muerto de miedo. Corría por el huerto de acá para allá, pero estaba perdido. Perdió uno de los zapatos entre las coles.
Y el otro, entre las patatas.
Al encontrarse sin zapatos, comenzó a correr a cuatro patas tan deprisa, tan deprisa que ya casi se había escapado cuando… ¡los botones de su chaqueta se engancharon en una red que cubría una mata de grosellas!
Perico se dio por vencido y comenzó a llorar. Pero unos pajaritos muy simpáticos que volaban por allí, al oír los lloros de Perico, se dirigieron a donde él estaba y le pidieron que hiciera un último esfuerzo.
El Señor Gregorio estaba ya encima de Perico, tratando de atraparle con una criba. Pero, en el último instante, Perico consiguió escaparse, dejando tras de sí la chaqueta.
Corriendo lo más rápido posible, se metió en la caseta de las herramientas y, de un salto, se escondió en la regadera. Habría sido un escondite perfecto si no fuera porque… estaba llena de agua.
El señor Gregorio sabía que Perico se escondía en la caseta, así que fue buscándole por todas partes.
Perico pensaba que estaba a salvo pero de pronto…
«¡A… a… achís!»
Perico estornudó y señor Gregorio fue a cogerlo enseguida.
Estaba a punto de pisarle cuando Perico, de un salto, se escapó por la ventana, tirando unos cuantos tiestos.
La ventana era demasiado pequeña para el tío Gregorio y, además, estaba cansado de perseguir a Perico. Así que dio media vuelta y volvió a su trabajo.
Perico se sentó a descansar. Estaba sin aliento, temblaba de miedo y no tenía la menor idea del camino que debía seguir. Además, estaba empapado por haberse metido en la regadera.
Después de un rato, comenzó a rondar por los alrededores, dando pequeños saltitos -«plop, plop, plop»- y mirando a ver qué veía, a ver si encontraba la salida.
Por fin, encontró una puerta en la tapia que rodeaba al huerto, pero estaba cerrada, y no había sitio para que él se escurriera por debajo.
Pero vio un ratoncito que entraba y salía por debajo de la puerta, llevando guisantes, judías y más comida a su familia que vivía en el bosque. Perico le preguntó por el camino que conducía a la verja, pero el ratón, que en aquellos momentos se estaba comiendo un guisante, se atragantó. Sólo podía mover la cabeza de un lado para otro, y Perico se echó a llorar otra vez.
Trató de encontrar un camino a través del huerto, pero cada vez estaba más aturdido. Llegó al estanque donde el Señor Gregorio llenaba sus regaderas. Había allí una gata blanca que miraba fijamente a los peces de colores. Estaba sentada sin moverse, pero, de vez en cuando, la punta de la cola se le estremecía como si estuviera viva.
Perico se marchó sin dirigirle la palabra… ¡Había oído cosas terribles de los gatos!
Volvió de nuevo a la caseta de herramientas, pero, de pronto, oyó el ruido del azadón -«zaca, zaca, zaca, zaca»- al cavar en el campo. Perico se escondió bajo unos arbustos.
Empezó a mirar, para ver lo que había a su alrededor. Lo primero que vio fue al Señor Gregorio escardando cebollas. Estaba de espaldas a Perico y el conejito pudo ver que, más allá, estaba… ¡la verja!
Perico se bajó de la carretilla sin hacer ruido y echó a correr por una senda medio oculta entre las matas de grosella.
El tío Gregorio le echó el ojo cuando Perico doblaba la esquina del huerto, pero era ya demasiado tarde. Perico se deslizó por debajo de la verja y llegó sano y salvo al bosque que había al otro lado.
El tío Gregorio cogió la chaqueta y los zapatitos de Perico e hizo con ellos un espantapájaros para asustar a los mirlos.
Perico no paró de correr hasta que llegó a su casa, bajo las raíces del gran abeto.
Estaba tan cansado que se dejó caer en el suelo blando y arenoso de la madriguera y allí se quedó con los ojos cerrados.
Su madre estaba cocinando y, al verlo llegar, se preguntó qué habría hecho con la ropa… ¡era la segunda chaqueta y el segundo par de zapatos que perdía en dos semanas!
Lamento decir que Perico se sintió algo indispuesto aquella noche. Su madre lo acostó, le preparó un té y le dio una medicina.
Una cucharada sopera antes de acostarte – dijo su madre.
En cambio, sus hermanas Pelusa, Pitusa y Colita de Algodón cenaron tan ricamente: sopas de leche con pan y, de postre, zarzamoras.

Iguana eso te pasa por haragana

Informante/procedencia: Melisa Ortiz Gerad, Argentina.

Introducción/información previa: Melisa recuerda este cuento de su infancia. Para poder contárnoslo más fielmente a sus recuerdos recurre al libro “Leyendas argentinas” de la Editorial León Benarós.


¡Ay, qué pobrecita soy y que desvestida estoy! Para mi mal, no tengo ni un chal. Y para mi desgracia completa, no tengo ni una pañoleta. El único abrigo que tengo para el invierno es esta brazadita(1) de lana roja, hilachienta y desteñida, que me cubre. Si tiene compostura, sí, tal vez, con una costurita aquí, con una costurita allá. Pero hoy no tengo ganas. Mañana empezaré a arreglarla, sí. Mañana. Hoy quiero disfrutar del solcito que está muy lindo. Todo mientras caliente el sol. La brazadita no me hace falta, y si refresca mucho a la tarde he de meterme en una cuevita y allí encontraré reparo.
¿Dónde habré puesto mi costurero? ¡Hace tanto que no hago una labor que ya ni sé dónde está! Pero mañana he de encontrarlo. Entonces le daré unas puntaditas a mi brazadita vieja, para que no siga deshaciéndose. Sí, mañana. Hoy, no, porque el solecito está tan lindo… Da gusto tenderse a disfrutar el solecito que da. Total… hay tiempo para darle unas puntaditas a mi brazadita hilachienta.
Así hablaba sola la haragana señora. Así se prometía arreglar mañana su brazadita. Y así dejaba siempre para mañana la tarea. ¡Una mañana que no llegaba nunca! Hasta que pasó otra señora, muy diligente, cargada con su bolso lleno de papas(2) y zapallitos(3). ¡Apenas podía con el peso la buena señora! Un descansito se tomó, como para darse aliento, y vio a la haragana disfrutando del solcito, tendida en la arena. De puro comedida, la saludó así:
– Buen día, comadre. Lindo el solcito, ¿no?
– Muy lindo.
– ¿Hoy no trabaja?
– No. Tal vez mañana.
– ¿No le parece que su brazada anda necesitando unas puntaditas? Si no la cose, se la va a deshacer. Qué espera, ¿hasta mañana?
– Porque ahora estoy disfrutando el solcito, pero mañana, se lo juro, buscaré mi costurero. Y en cuantito lo encuentre, arreglaré mi brazadita. ¡Le juro que mañana lo arreglaré!
Tanto juró y juró en vano la haragana señora que Dios se enojó y dijo:
Sino quiere trabajar
porque no le da la gana
la convertiré en iguana
Y así fue, na más. Y allí anda la haragonota, tan ociosa como siempre tendida al sol durante la siesta y escondida en alguna cuevita cuando hace frío.
Han visto que doña Carapuca, así llaman a la Iguana en Santiago del Estero, tiene su cuerpo mal vestido como si llevara encima una brazada rota. No se lo hagan notar, porque podría enojarse y soltar uno de sus temibles coletazos.

1. Manta
2. Patatas
3. Calabacines

La boda de la pulga y el piojo

Informante/procedencia: Tibisay García Chacón, Venezuela.

Introducción/información previa: Tibisay recuerda este cuento popular venezolano de su infancia. En Venezuela además se puede escuchar musicado. Uno de los grupos más famosos que lo canta es Serenata Guayanesa.


La pulga y el piojo se quieren casar
pero no se casan por falta de pan.
Respondió el Gorgojo desde su trigal:
“Hágase la boda que yo doy el pan”.
Ya no es por el pan, que ya lo tenemos,
ahora es quien baile, ¿dónde lo hallaremos?
Respondió la Vaca desde su corral:
“Mmmm, hágase la boda, que yo iré a bailar”.
Ya no es por el baile, que ya lo tenemos,
ahora es quien cante, ¿dónde lo hallaremos?
Respondió la Rana desde el platanal:
“Croa, croa. Hágase la boda que yo iré a cantar”.
Ya no es por el canto, que ya lo tenemos,
ahora es quien coma, ¿dónde lo hallaremos?
Exclamó el zamuro(1), que buen paladar:
“Je, je, hágase la boda que yo iré a almorzar”.
Ya no es quien almuerce, que ya lo tenemos,
falta quien trabaje, ¿dónde lo hallaremos?
Saltó la Pereza(2) del algarrobal:
“Hágase la boda, que yo iré a trabajar”.
Ya no es quien trabaje, que ya lo tenemos,
ahora es la luz, ¿dónde la hallaremos?
Respondió el Cocuyo(3) desde el Chamizal:
“Hágase la boda, que yo iré a alumbrar”.
Ya no es por la luz, que ya la tenemos,
ahora es el perfume, ¿dónde lo hallaremos?
Salió el Mapurite(4) desde el matorral:
“Hágase la boda que yo iré a perfumar”.
Ya no es el perfume, que ya lo tenemos,
ahora es el Padrino, ¿dónde lo hallaremos?
Grito el Ratoncito: “¡Me importa un comino!
Bueno, si encierran la Gata, yo soy el Padrino”.
Ya no es el Padrino, que ya lo tenemos,
Ahora es la Madrina, ¿dónde la hallaremos?
Respondió la Gata desde la cocina:
“Hágase la boda, yo soy la Madrina”.
Todos se durmieron por el ron y el vino,
Entonces la Gata, “¡Miaaauuu!”
¡Se comió al padrino!

1. Aves carroñeras conocidas como Buitres americanos o Buitres del Nuevo Mundo
2. Oso perezoso
3. Luciérnaga
4. Familia de la Mofetas

El lobo y el conejo

Informante/procedencia:  Fatumata Dampha, Gambia.


Todos los animales pasaban mucha hambre porque no había comida. Había un lobo y un conejo que eran amigos. Un día el conejo estaba cocinando un huevo para comer cuando llegó el lobo a su casa para pedirle un poco de fuego para cocinar. El lobo al entrar a coger el fuego vio que el conejo tenía un huevo cocinando. El lobo lo miró interesado pero no le preguntó nada al conejo. El lobo cogió un poco de fuego y se fue a su casa. Al rato regresó a casa del conejo y le dijo:
– Amigo Conejo, mi fuego se ha apagado. ¿Me puedes dar más fuego?
El conejo le dijo:
– Vale, cógete otra vez fuego.
El lobo cogió otra vez un poco de fuego y se fue a su casa. Pero al rato regresó a casa del conejo y le dijo:
– Conejo, conejo, ayúdame, me duele la muela.
– ¿Dónde?
El lobo abrió mucho la boca para que el conejo pudiera mirar dentro y le dijo:
– Mete tu mano dentro, Conejo. Me duele atrás del todo.
El conejo, confiado, metió la mano dentro de la boca del lobo, pero él aprovechó para cerrarla bien fuerte, mordiendo al conejo. El lobo le dijo al conejo:
– Si tú me dices de donde has sacado ese huevo suelto tu mano.
– No, no quiero contártelo. Tengo miedo de contarte de donde he sacodo el huevo porque yo también lo he robado.
– ¿De dónde?
– Si te lo digo…Yo te conozco muy bien y tú no haces las cosas con cuidado. Si vas nos van a pillar y nos van a matar a los dos.
– Pues Conejo, si no me lo dices, no te voy a soltar la mano.
El conejo, al final, aprisionado por su mano, se lo contó. Le dijo:
– Yo he robado el huevo de la cueva del dragón. Fui a la casa de la dragona cuando ella no estaba y robé su huevo.
– Vale, yo también voy a ir.
– Vale. Quedamos mañana por la mañana. Cuando la dragona salga a tomar el aire entraremos y robaremos otro huevo.
A la mañana siguiente el lobo aviso a toda la familia, su mujer y sus hijos, y con ellos se fue a la cueva de la dragona. Todos llevaban sacos vacíos de arroz para llenarlos en la cueva de la dragona. Cuando llegaron allí vieron como la dragona salía de la cueva. Llegó también el conejo y le dijo:
Tienes que tener mucho cuidado porque la puerta solo se abre con unas palabras mágicas secretas. Para abrir la puerta la dragona dice en el idioma de los animales: «Cruele». Para cerrar la puerta dice: «Curtac».
Como el conejo no quería volver a robar en la cueva del dragón, después de enseñarle todos los trucos, se fue. El lobo se quedó delante de la cueva con su familia para llenar todos sus sacos y dijo: «Cruele». La puerta se abrió y entró en la cueva con toda su familia. Pero a la hora de salir el lobo olvidó la palabra para poder salir. El lobo repetía y repetía: «Curtac»,«Curtac» y cuanto más lo decía más cerrada estaba la puerta. El lobo no podía salir con su familia cuando de repente oyeron que regresaba la dragona.
La dragona dijo: «Cruele», y la puerta se abrió.
Nada más entrar la dragona ha visto a toda la familia del lobo llenado sus sacos con todas sus cosas. La dragona enfadada dice: «Curtac» y la puerta se cerró.
La dragona enfadada le dijo al lobo:
– ¿Qué haces tú aquí?
El lobo asustado le dice a su familia:
– Vamos a colgarnos del tejado para que no se nos coma.
Enseguida subieron todos al tejado y se quedaron allí colgados. La dragona los miraba y se quedó abajo esperando. Al cabo de un rato los hijos del lobo empezaron a cansarse de estar colgados del tejado con sus manos y el más pequeño le dijo:
– Papá, mis manos están cansadas.
– Pues cógete al tejado con tus dientes.
– Pero mis dientes también están cansados, papá. No puedo más.
– Vale, pues tírate abajo para que la dragona te coma. No pasa nada, porque si tu madre y yo no morimos podemos tener otros hijos.
El pequeño, cansado, se tira.
El lobo tenía tres hijos.
Al cabo del rato los otros dos hijos también están cansados y le dicen lo mismo.
– Papá, nuestras manos están cansadas.
– Pues cogeros al tejado con vuestros dientes.
– Pero también están cansados, papá. No podemos más.
– Vale, pues tiraros abajo para que la dragona os coma.
Los hijos del lobo al final, cansados, también se tiraron. La dragona se los comió.
Al cabo de un rato la mujer del lobo le dice:
– Marido, yo también estoy cansada. Mis manos no pueden más.
– Pues cógete con los dientes, Sera.
– Mis dientes también están cansados.
– Pues agárrate con los pies, Sera.
– Mis pies también están cansados.
– Sera, si tú me dices que ya estás cansada eso es que ya eres muy mayor. ¿Sabes que voy a hacer? Si estás cansada, tírate. Si salgo de aquí con vida me buscaré otra esposa.
Sera, agotada, al final también se deja caer y la dragona se la come.
Ya solo quedaba el lobo y empezaba a estar muy cansado. Al final, el lobo le dice a la dragona:
– Dragona, estoy muy cansado. Sabes qué vamos a hacer, ve a buscar ceniza y así cuando caiga podrás comerme muy bien y estarás muy cómoda.
La dragona al oír aquello fue a buscar la ceniza para comerse también al lobo. La dragona trajo un montón de ceniza y la colocó debajo del lobo. El lobo, agotado, se dejó caer. Al saltar encima de la ceniza se levantó una gran nube de ceniza que no dejaba ver nada dentro de la cueva. Los ojos de la dragona se llenaron de ceniza y la dragona no podía ver nada. Mientras la dragona estaba quitándose la ceniza de los ojos el lobo aprovechó para coger un saco lleno de huevos, ir hasta la puerta y salir de la cueva escapando de la dragona pero sin su familia.
La madre del cuento se murió y mi madre vive.

El pajarito y el sultán

Informante/procedencia:  Fadwa El-Idrisi, Marruecos.


Era un pajarito que iba por el mercado y se había encontrado un trozo de hilo. Había ido al lavandero para que le lave el hilo y se lo dé. Y le dice:
– Yo no te lo voy a hacer.
Y le dice:
– Como no me lo hagas llamaré a mis siete primos para que te coman los ojos.
Y le dice:
– Vale, vale. Lo hago.
Se lo da y se va al costurero, y le dice:
– Quiero que me hagas un vestido, ahora.
Y le dice:
– Yo no te voy a hacer nada.
Y le dice:
– Pues como no lo hagas llamaré a mis siete primos para que te coman los ojos.
Y dice:
– Vale, vale. Te lo hago.
Se lo hace y va al jardín del sultán y empieza a decir:
Tan, tan, lo que tengo yo no lo tiene el sultán.
Tan, tan, lo que tengo yo no lo tiene el sultán.
Y así todos los días. Y un día lo oye el sultán y les dice a sus guardias:
– ¿Qué es lo que tiene él que no lo tenga yo?
– Un vestido precioso.
Y dice:
– Pues quiero que lo atrapéis.
Entonces ponen un chicle en el árbol y al día siguiente viene a decir:
Tan, tan, lo que tengo yo no lo tiene el sultán.
Y lo cogen. Se lo come y lo caga. Y dice:
Tan, tan, el culo del sultán es más grande
que la puerta del mercado

El águila y la gallina

Informante/procedencia:  Aicha El-Idrisi, Marruecos.


Era una gallina que acababa de tener un pollito y un águila le amenazaba con llevárselo. Le había dicho a la gallina que si le daba la aguja de coser, que no se llevaría al polluelo. Entonces la gallina se la iba a dar y, de repente, se le había caído a la paja. Y le dice el águila:
– Tienes un día y me la tienes que dar.
Entonces ella siempre estaba buscando entre la paja. Al día siguiente viene el águila y le dice:
– ¿Dónde está la aguja?
Le dice:
– Está por la paja.
Se ha llevado a su polluelo, y por eso se dice que siempre las gallinas están buscando entre la paja.