El señor del invierno y las dos hermanas

Informante/procedencia: Irina Prodius, Moldavia.

Idioma: Ruso.

Introducción/información previa: Irina recuerda este cuento con mucho cariño porque le encantaba de pequeña. Ahora se lo cuenta a su hijo.


Érase una vez un hombre y una mujer muy mayores que tenían dos hijas. La madre no quería nada a la hija mayor, solo quería a la pequeña, por eso encargaba todas las tareas de la casa a la hija mayor que tenía que limpiar la casa, hacer las camas, encender el fuego, dar de comer a los animales… A pesar de hacer todos los trabajos la madre nunca estaba contenta con ella. Sin embargo la hermana pequeña siempre se levantaba muy tarde y era muy vaga.
Un día la madre le dijo a su marido:
Tienes que llevar a nuestra hija mayor al bosque y abandonarla al lado de un árbol porque ya no puedo aguantarla más en casa.
Al padre le daba muchísima pena dejarla sola en el bosque pero la montó en el trineo y se la llevó. Tal y como le dijo su mujer, dejó a la niña debajo de un pino.
La niña se quedó allí, debajo del pino, pasando mucho frío. De repente la niña escuchó la voz del Señor del Invierno que le preguntaba:
– ¿Tienes calor, pequeñita?
– Sí, claro, señor. Tengo mucho calor.
El Señor del Invierno que estaba en la copa del pino empezó a bajar para ver mejor a la niña. Le volvió a preguntar:
– ¿Tienes calor?
– Sí, sí. Claro que tengo calor –le contestaba la niña muy educadamente.
El Señor del Invierno siguió bajando y empezó a soplar sobre la niña para que tuviera más frío. Le volvió a preguntar:
¿Tienes calor?
La niña, casi sin poder hablar del frío que tenía, dijo:
Claro que tengo calor, Señor del Invierno. ¡Mucho calor!
Cuando la niña estaba a punto de quedarse congelada el Señor del Invierno bajó del árbol y le dio un abrigo de piel de zorro y empezó a calentarla.
Al día siguiente el padre de la niña fue al bosque a verla. Sorprendido, encontró a su hija sana y salva, con un abrigo de pieles muy bonito y, además, con un tesoro lleno de regalos.
El padre cogió a la hija y al tesoro y se los llevó de nuevo a casa. Cuando llegaron y la madre vio todo aquello que traían, enseguida le dijo a su marido muerta de envidia:
Mañana mismo llevas a nuestra hija pequeña al mismo sitio y la dejas allí, debajo del árbol, porque el Señor del Invierno tiene que darle también regalos.
El padre al día siguiente llevó al mismo lugar a la hija pequeña y la dejó allí. Enseguida la pequeña escuchó la voz del Señor del Invierno que le preguntaba:
¿Tienes calor, hija  mía?
– No. ¡Tengo mucho frío! –contestó de malos modos.
El Señor del Invierno, igual que hizo con la hermana mayor, se fue acercando a ella, bajando por el pino y le preguntó:
¿Tienes calor, pequeña?
– ¡No! Te he dicho que tengo mucho frío.
El Señor del Invierno, más cerca, le volvió a preguntar:
¿Ya estás helada?
– Sí, estoy muerta de frío. ¡Fuera, fuera de aquí! ¡No puedo aguantar más de frío! ¡Vete!
El Señor del Invierno, al ver lo egoísta que era la niña y lo mal educada que estaba, supo bien qué tesoro dejarle. Nada.
Cuando el padre regresó por la mañana a buscar a su hija pequeña la encontró tiritando de frío, sin nada. La recogió y la llevó de regreso a casa. En la puerta estaba la madre, ansiosa, esperándola pero cuando la vio llegar abrió los brazos preguntándose qué había pasado y dónde estaban sus tesoros. Entonces comprendió, con mucha rabia, que su hija pequeña se había quedado sin nada por ser vaga y mal educada.

Calaboc, bola de pan

Informante/procedencia: Natalia Lutskova, Rusia.


Estaban en una casa un abuelo y una abuela. El abuelo le dijo a la abuela:
– Quiero comer pan.
– Creo que no tenemos ni harina, ni azúcar, ni nada.
El abuelo se enfadó un poco porque quería comer pan, así que le dijo:
– Abuela, míralo bien. Busca por los rincones a ver si encuentras algo.
La abuela empezó a revisar todos los rincones y esquinas de la casa y encontró un poquito de harina, un poquito de azúcar y un poco de aceite y con  todo eso hizo una masa. Después de amasarla bien la metió en el horno y cuando ya estuvo cocido lo sacó para que se enfriara al alfeizar de la ventana.
Calaboc, la bola de pan, estuvo mucho rato en la ventana mirando lo que ocurría fuera pero como se aburría decidió escaparse. Calaboc cogió impulso y se echó a rondar por el camino hacia el bosque. Después de pasar por un puente se encontró a un conejo.
El conejo se lo quedó mirando y le dijo:
– Calaboc, Calaboc, que color tan bonito tienes. Te voy a comer.
Pero Calaboc le dijo:
– No me comas, conejito. Mejor escucha mi canción:
Soy Calaboc, soy Calaboc
la abuela me hizo con harina de los rincones
me ha puesto azúcar y aceite
me ha hecho en el horno
y  me ha puesto en la ventana a enfriar
yo me he escapado del abuelo, de la abuela
y también  me voy a escapar de ti, conejo.
Calaboc empezó a correr y a correr tan rápido que el conejo enseguida lo perdió de vista.
Calaboc siguió corriendo y corriendo hasta que se encuentró con el lobo. El lobo, al verlo tan guapo y con tan buena pinta, le dijo:
– Calaboc, Calaboc, te voy a comer.
– No, Lobo, no me comas. Mejor te canto una canción.
Soy Calaboc, soy Calaboc
la abuela me hizo con harina de los rincones
me ha puesto azúcar y aceite
me ha hecho en el horno
y  me ha puesto en la ventana a enfríar
yo me he escapado del abuelo, de la abuela
Yo me he escapado del abuelo, de la abuela, del conejo
y como soy tan listo también me voy a escapar de ti.
Calaboc empiezó a rodar otra vez tan rápido que el lobo no lo pudo seguir.
Calaboc siguió rodando y por el caminito se encuentró con un oso muy grande y muy fuerte. Era tan fuerte que al andar destrozaba los árboles. Al ver a Calaboc le dijo:
– Calaboc, Calaboc, te voy a comer.
– No, oso, no me comas. Escucha mi canción.
Soy Calaboc, soy Calaboc
la abuela me hizo con harina de los rincones
me ha puesto azúcar y aceite
me ha hecho en el horno
y  me ha puesto en la ventana a enfriar.
Yo me he escapado del abuelo, de la abuela,
del conejo, del lobo
y como soy tan listo también me voy a escapar de ti.
Calaboc echó a rodar tan rápido que el oso lo perdió de vista enseguida.
Calaboc siguió rodando y se encuentró en el caminito con una zorra que le dijo:
– Hola, Calaboc. Qué guapo eres y que buen color tienes.
Calaboc al oírlo se puso muy contento porque era un poco presumido. Y le dijo a la zorra:
– Zorra, ¿quieres que te cante una canción?
– Vale.
Soy Calaboc, soy Calaboc,
la abuela me hizo con harina de los rincones
me ha puesto azúcar y aceite
me ha hecho en el horno
y  me ha puesto en la ventana a enfriar.
Yo me he escapado del abuelo, de la abuela
del conejo, del lobo, del oso,
y como soy tan listo
también me voy a escapar de ti.
La zorra mientras Calaboc iba cantando se iba acercando a Calaboc. Al acabar la canción la zorra le dijo:
– Calaboc, pero que canción tan bonita… El problema es que soy muy vieja y estoy un poco sorda. ¿Puedes sentarte un poco más cerca para oír bien tu canción? Anda, siéntate en mi nariz.
Calaboc, como era tan presumido se puso todo orgulloso y contento al oír esos cumplidos y saltó en el hocico de la zorra para cantar la canción.
Soy Calaboc, soy Calaboc
la abuela me hizo con harina de los rincones
me ha puesto azúcar y aceite
y me ha hecho en el horno
me ha puesto en la ventana.
Pero de repente “¡Ahmmm!”
La zorra abrió la boca y se comió a Calaboc.
Este es el final del cuento y quien lo ha escuchado es bueno.

El lobo y el conejo

Informante/procedencia:  Fatumata Dampha, Gambia.


Todos los animales pasaban mucha hambre porque no había comida. Había un lobo y un conejo que eran amigos. Un día el conejo estaba cocinando un huevo para comer cuando llegó el lobo a su casa para pedirle un poco de fuego para cocinar. El lobo al entrar a coger el fuego vio que el conejo tenía un huevo cocinando. El lobo lo miró interesado pero no le preguntó nada al conejo. El lobo cogió un poco de fuego y se fue a su casa. Al rato regresó a casa del conejo y le dijo:
– Amigo Conejo, mi fuego se ha apagado. ¿Me puedes dar más fuego?
El conejo le dijo:
– Vale, cógete otra vez fuego.
El lobo cogió otra vez un poco de fuego y se fue a su casa. Pero al rato regresó a casa del conejo y le dijo:
– Conejo, conejo, ayúdame, me duele la muela.
– ¿Dónde?
El lobo abrió mucho la boca para que el conejo pudiera mirar dentro y le dijo:
– Mete tu mano dentro, Conejo. Me duele atrás del todo.
El conejo, confiado, metió la mano dentro de la boca del lobo, pero él aprovechó para cerrarla bien fuerte, mordiendo al conejo. El lobo le dijo al conejo:
– Si tú me dices de donde has sacado ese huevo suelto tu mano.
– No, no quiero contártelo. Tengo miedo de contarte de donde he sacodo el huevo porque yo también lo he robado.
– ¿De dónde?
– Si te lo digo…Yo te conozco muy bien y tú no haces las cosas con cuidado. Si vas nos van a pillar y nos van a matar a los dos.
– Pues Conejo, si no me lo dices, no te voy a soltar la mano.
El conejo, al final, aprisionado por su mano, se lo contó. Le dijo:
– Yo he robado el huevo de la cueva del dragón. Fui a la casa de la dragona cuando ella no estaba y robé su huevo.
– Vale, yo también voy a ir.
– Vale. Quedamos mañana por la mañana. Cuando la dragona salga a tomar el aire entraremos y robaremos otro huevo.
A la mañana siguiente el lobo aviso a toda la familia, su mujer y sus hijos, y con ellos se fue a la cueva de la dragona. Todos llevaban sacos vacíos de arroz para llenarlos en la cueva de la dragona. Cuando llegaron allí vieron como la dragona salía de la cueva. Llegó también el conejo y le dijo:
Tienes que tener mucho cuidado porque la puerta solo se abre con unas palabras mágicas secretas. Para abrir la puerta la dragona dice en el idioma de los animales: «Cruele». Para cerrar la puerta dice: «Curtac».
Como el conejo no quería volver a robar en la cueva del dragón, después de enseñarle todos los trucos, se fue. El lobo se quedó delante de la cueva con su familia para llenar todos sus sacos y dijo: «Cruele». La puerta se abrió y entró en la cueva con toda su familia. Pero a la hora de salir el lobo olvidó la palabra para poder salir. El lobo repetía y repetía: «Curtac»,«Curtac» y cuanto más lo decía más cerrada estaba la puerta. El lobo no podía salir con su familia cuando de repente oyeron que regresaba la dragona.
La dragona dijo: «Cruele», y la puerta se abrió.
Nada más entrar la dragona ha visto a toda la familia del lobo llenado sus sacos con todas sus cosas. La dragona enfadada dice: «Curtac» y la puerta se cerró.
La dragona enfadada le dijo al lobo:
– ¿Qué haces tú aquí?
El lobo asustado le dice a su familia:
– Vamos a colgarnos del tejado para que no se nos coma.
Enseguida subieron todos al tejado y se quedaron allí colgados. La dragona los miraba y se quedó abajo esperando. Al cabo de un rato los hijos del lobo empezaron a cansarse de estar colgados del tejado con sus manos y el más pequeño le dijo:
– Papá, mis manos están cansadas.
– Pues cógete al tejado con tus dientes.
– Pero mis dientes también están cansados, papá. No puedo más.
– Vale, pues tírate abajo para que la dragona te coma. No pasa nada, porque si tu madre y yo no morimos podemos tener otros hijos.
El pequeño, cansado, se tira.
El lobo tenía tres hijos.
Al cabo del rato los otros dos hijos también están cansados y le dicen lo mismo.
– Papá, nuestras manos están cansadas.
– Pues cogeros al tejado con vuestros dientes.
– Pero también están cansados, papá. No podemos más.
– Vale, pues tiraros abajo para que la dragona os coma.
Los hijos del lobo al final, cansados, también se tiraron. La dragona se los comió.
Al cabo de un rato la mujer del lobo le dice:
– Marido, yo también estoy cansada. Mis manos no pueden más.
– Pues cógete con los dientes, Sera.
– Mis dientes también están cansados.
– Pues agárrate con los pies, Sera.
– Mis pies también están cansados.
– Sera, si tú me dices que ya estás cansada eso es que ya eres muy mayor. ¿Sabes que voy a hacer? Si estás cansada, tírate. Si salgo de aquí con vida me buscaré otra esposa.
Sera, agotada, al final también se deja caer y la dragona se la come.
Ya solo quedaba el lobo y empezaba a estar muy cansado. Al final, el lobo le dice a la dragona:
– Dragona, estoy muy cansado. Sabes qué vamos a hacer, ve a buscar ceniza y así cuando caiga podrás comerme muy bien y estarás muy cómoda.
La dragona al oír aquello fue a buscar la ceniza para comerse también al lobo. La dragona trajo un montón de ceniza y la colocó debajo del lobo. El lobo, agotado, se dejó caer. Al saltar encima de la ceniza se levantó una gran nube de ceniza que no dejaba ver nada dentro de la cueva. Los ojos de la dragona se llenaron de ceniza y la dragona no podía ver nada. Mientras la dragona estaba quitándose la ceniza de los ojos el lobo aprovechó para coger un saco lleno de huevos, ir hasta la puerta y salir de la cueva escapando de la dragona pero sin su familia.
La madre del cuento se murió y mi madre vive.

El pajarito y el sultán

Informante/procedencia:  Fadwa El-Idrisi, Marruecos.


Era un pajarito que iba por el mercado y se había encontrado un trozo de hilo. Había ido al lavandero para que le lave el hilo y se lo dé. Y le dice:
– Yo no te lo voy a hacer.
Y le dice:
– Como no me lo hagas llamaré a mis siete primos para que te coman los ojos.
Y le dice:
– Vale, vale. Lo hago.
Se lo da y se va al costurero, y le dice:
– Quiero que me hagas un vestido, ahora.
Y le dice:
– Yo no te voy a hacer nada.
Y le dice:
– Pues como no lo hagas llamaré a mis siete primos para que te coman los ojos.
Y dice:
– Vale, vale. Te lo hago.
Se lo hace y va al jardín del sultán y empieza a decir:
Tan, tan, lo que tengo yo no lo tiene el sultán.
Tan, tan, lo que tengo yo no lo tiene el sultán.
Y así todos los días. Y un día lo oye el sultán y les dice a sus guardias:
– ¿Qué es lo que tiene él que no lo tenga yo?
– Un vestido precioso.
Y dice:
– Pues quiero que lo atrapéis.
Entonces ponen un chicle en el árbol y al día siguiente viene a decir:
Tan, tan, lo que tengo yo no lo tiene el sultán.
Y lo cogen. Se lo come y lo caga. Y dice:
Tan, tan, el culo del sultán es más grande
que la puerta del mercado

Valdivia y la rana

Informante/procedencia: José Miguel Valdivia Bernal, Cuba.

Introducción/información previa: José Miguel recuerda que es un cuento muy breve que contaba un tío suyo.


Que dice que él iba por un camino y al pasar un arroyo, un arroyuelo, oyó una rana chillando. Y era que una culebra se la estaba tragando y solamente le quedaba la cabeza afuera. Mi tío, me apellido Valdivia, dice que cuando vio la rana, chillando, cogió y sacó el machete. Cogió él la culebra y le picó en la cabeza a rente donde estaba la rana. Cogió la cabeza y sacó a la rana. Y la rana saltó y le dijo:
¡Gracias, Valdivia!

La yegua y los huevos

Informante/procedencia: José Miguel Valdivia Bernal, Cuba.


Un campesino que tenía una yegua que comía huevos. Y entonces, un día todos los nidos, los nidales de las gallinas la yegua se los comía porque en Cuba las gallinas están sueltas. Hacen los nidos donde… en los potreros, en los arroyos, cerca de las orillas de los arroyos, en las riberas, debajo de los árboles… Donde quiera que haya un lugar… un escondrijo, allí los hacen. Y entonces esta yegua… El campesino descubrió que era esta yegua quien se comía los huevos. Y entonces un día cogió y le puso a la yegua en un nido que ella se había comido recientemente, le puso huevos culecos o cluecos, huevos echaos a perder, huevos que no sacan, que no… y entonces se los puso. Y se quedó velando la yegua, a ver cómo la yegua, qué hacía cuando se los comía.  Y la yegua cuando vio, cuando olió los huevos cogió uno con las patas, se tiró boca arriba y comenzó a mirarlo a través del sol, la yegua.

La bolsa con dos monedas

Informante/procedencia: Daniela Acatrinei, Rumania.

Introducción/información previa: Daniela es de Rumania. Recuerda que eran muchos hermanos y que era su hermana Gunda quién les contaba los cuentos. Está grabado en español y en rumano.


Había una vez un hombre y una mujer. La mujer tenía una gallina y el hombre un gallo. La gallina hacía dos huevos cada día, en cambio el gallo, ya se sabe, pues ninguno. La rica mujer comía todos los días huevos fritos, en cambio el hombre, nada. Un día perdió su paciencia y le dijo:
–  Buena mujer, dame por favor un huevo para tener comida para hoy.
–  Hala. Pues como que no.
Y no, no quiso darle.
–  ¿Qué tengo que hacer para que mi pobre gallo ponga un huevo?
–  Pues pégale una bofetada y te pondrá huevos.
Sin pensárselo dos veces, cogió al gallo y le pegó una bofetada. El pobre gallo asustado, sin saber por qué le llegaba todo eso, salió corriendo de casa. Pero mientras salía ha oído como su amo le decía:
–  Si no pones huevos, para qué darte de comer.
–  ¡Anda!
Sale por los caminos de alrededor, triste y decepcionado porque su amo le hizo eso. Caminando, caminando encontró una bolsa por el camino. Muy contento la coge en su pico y vuelve a su casa. Caminando contento de encontrar algo se le acerca por detrás una carroza con un noble y unas damas. Le llamó la atención al marqués el gallo como caminaba, muy contento y con una bolsa. Y le dijo al conductor:
–  Baja, por favor, y tráeme esa bolsa del pico de gallo.
Sin más, obedeció el conductor. Baja, coge al gallo, le quita la bolsa, le deja suelto y ¡hala!, a  seguir caminando. Pero el gallo no entendió tampoco por qué. Él quería su bolsa. Furioso empieza a cantar:
Cucurigú, cucurigú, dame mi bolsa
Cucurigú, cucurigú, dame mi bolsa.
Pues una y otra vez, se cansa el marqués y dijo otra vez al conductor:
–  Baja ahora mismo y mira esa fuente. ¡Tira al gallo allí para quitárnoslo de encima!
Sin más, obedeció el conductor. Lo coge, lo tira al pozo:
– ¡Hala!, allí te quedas.
Y siguió su camino la carroza del noble.
El gallo se ve en apuros, en un gran apuro.
–  ¿Qué hago? ¿Qué hago?
Y se tragó toda el agua del pozo. ¡Hala! Sale como un volcán del pozo y sigue la carroza. Llega ya muy cerca y sigue cantando con más fuerza:
Cucurigú, cucurigú, dame mi bolsa
Curcurigu, cucurigú, dame mi bolsa.
El noble, terriblemente asustado:
–  Ese gallo, ese gallo me suena. Ya voy a buscarle yo una solución.
Nada más llegar en casa le pide a la cocinera mientras el gallo seguía cantando:
Cucurigú, cucurigú,
pero cada vez con más fuerza,
dame mi bolsa, dame mi bolsa, dame mi bolsa.
Llama a la cocinera y le pide:
–  Mete a ese gallo en el horno, haz mucha brasa y si puede ser pon una losa también en la boca del horno.
También la cocinera, de buena fe, cumple lo que le pide el noble y ¡hala! el gallo para adentro. Otra vez en apuros. Pero se acuerda del agua que llevaba dentro y echó el agua para apagar la brasa y enfriar el horno. Con todo su poderío de gallo salió, quitó la losa y sale. Y busca la primera ventana que hay más cerca. Y cantando por supuesto
Cucurigú, cucurigú,
dame mi bolsa, dame mi bolsa.
Lo que quería era su bolsa, nada más. El noble, pues…
–  Vaya líos que me trae ese gallo. ¿Qué podríamos hacer? Le meteré en el pozo negro donde guardo mis ahorros.
Tenía tantos ahorros que no sabía… entre joyas, monedas, muchas riquezas. No sabía contar todo lo que tenía.
El gallo, al verse dentro, pues se tragó todas las monedas de allí. Todas las monedas.
El noble pensaba que al tragarse las monedas allí se quedaría, su garganta no aguantaría. Pero no fue así.
El gallo siguió cantando desde el pozo negro:
Cucurigú, cucurigú, dame mi bolsa
Cantando siempre ¿no? Al sacarlo del pozo lo metió dentro de un rebaño donde había vacas, bueyes, terneros. Y el gallo se los tragó todos. Él lo que quería era su bolsa. Y seguía cantando:
Cucurigú, cucurigú,
Al verse el marqués que no podía con el gallo la solución no era otra que devolverle su bolsa con dos monedas.
Contento el gallo vuelve a la casa de su amo. Pero tan contento y tan hermoso era, parecía ya un elefante, que todas las gallinas y las aves que encontraba por el camino le seguían y parecía un cortejo de boda. Alegría, alegría, alegría, alegría.
Al llegar a la puerta del amo, tanto alboroto, el amo pues sale.
–  ¿Que hay?, ¿qué hay?, ¿qué ha pasado? Quizás al lado, en casa de la mujer, pasa algo con la gallina. Habrá puesto tres huevos o cuatro huevos, yo que sé.
De repente ve a su gallo, pero no estaba como antes, tenía algo diferente en la boca. Solo le pide cantando:
Cucurigú, cucurigú, amo, saca un mantel
Saca lo que tengas para darte todo lo que te he traído.
El pobre hombre trajo una alfombra pequeñita y la dejo en el patio.
El gallo dejo la bolsa con dos monedas. Después abrió sus alas y echo tanto dinero, rebaño y tantas cosas que llenó el jardín, el patio, la casa y todo. Brillaba ante sus ojos tanta riqueza.
Al no saber ni qué hacer, empezó a besar a su gallo con mucha alegría.
De repente la mujer, que hasta ahora comía dos huevos fritos cada día, llena de envidia pero al mismo tiempo avergonzada, le pide:
–  Hombre bueno, dame, por favor, una moneda.
–  Acuérdate lo que me dijiste.
Y se acordó del consejo que le dio: pegar a su gallo para que le trajera un huevo.
Le entró tal rabia que cogió a su gallina y empezó a pegarle pero con tanta fuerza que la pobre gallina se quedó sin plumas y sin nada. La gallina sale desesperada por los caminos y encontró un abalorio de color. Contenta lo coge en su pico y vuelve para casa:
Cococó, cococó, cococó, cococó.
Se sienta para echarlo. Y pasado el rato echa el abalorio.
La mujer busca.
–  A ver, mi riqueza, mi riqueza.
Pero al encontrar eso, mata a la gallina. Y se queda sin gallina, sin huevos y sin nada.
En cambio el hombre que era honesto, no como la mujer que era muy preta, ha hecho grandes casas, hermosos jardines y llevaba al gallo con collar de oro y botas amarillas con espuelas en los talones, viviendo muy felices.
Colorín colorado este cuento se ha acabado.

El campesino y su caballo

Informante/procedencia: José Miguel Valdivia Bernal, Cuba.


Dice que era un campesino, un hombre que tenía un caballo, que era muy descuidado con su caballo. No lo cuidaba, no le prestaba atención. No le daba comida y lo utilizaba mucho. Y tenía hasta mataduras en el lomo. Mataduras se le dicen a las yagas, a las heridas que le pueden causar en basto, la montura. Y entonces, llegó a tal punto, que tuvo que soltarlo, soltarlo en un potrero para que se le curara.
Y pasó el tiempo, y pasó el tiempo y cuando salió a buscarlo, no lo encontró. Por todo el potrero, un potrero enorme, con las sabanas son infinitas, bueno, son enormes. Y no lo encontró. Y no lo encontraba, no lo encontraba… y ya cansado se encontró una mata de guayaba. Y de momento la mata de guayaba comenzó a estremecerse y comenzaron a caer guayabas. Y cuando él se agachó a coger guayabas… además la mata era muy copiosa, muy… unos gajos guindando, pegando en la tierra, él se agachó a coger la guayaba. Cuando se agachó vio las cuatro patas blancas de su caballo.
En el lomo del caballo le había nacido una mata de guayaba.

La niña pájaro


Informante/procedencia: Kibsa Gouba. Burkina Faso.


Había una vez una chica que era preciosa, preciosa. La más preciosa del poblado. Un día estaba en el río cogiendo agua y pasaron por allí dos niños del mismo poblado. Al ver que era ella se acercaron a pedirle agua.
– ¿Me das un poco de tu agua?
La chica se giró para darles un poco del agua.
– Tomad.
Los niños sorprendidos corrieron a casa.
Al llegar al poblado los niños contaron a sus padres que habían visto a la chica guapa en el río, pero ella no era tan guapa porque tenía pico de pájaro.
La noticia corrió enseguida por el poblado. Después de que todo el mundo se enterará, la chica no pudo volver nunca más a su casa, pues todos supieron que no era una mujer de verdad, no era una persona, lo parecía, pero era un ser mágico.
Nunca más pudo volver al poblado y se quedó para siempre viviendo en el río.

El pajarito

Informante/procedencia: Arus Tamamyan, Armenia.

Introducción/información previa: Arus recuerda que de pequeña le gustaba mucho este cuento y que se lo contaba siempre su abuela.


Érase una vez un pajarito que se clavó una astilla en su patita. Por el camino se encontró con una abuela y le pidió que le quitara la astilla. Cuando se la quita le dice que se la regala y que con ella puede hacer fuego para cocer pan en el horno.
La abuela enciende el horno y hace el pan.
El pajarito regresa y le pide que le devuelva su astilla, pero la abuela le dice que ya está quemada y que no se la puede devolver.
Entonces el pajarito le dice:
– Si no me das la astilla me tienes que dar un pan.
La abuela le da el pan y el pajarito se va contento.
Siguiendo el camino el pajarito se encontró con un pastor. El pajarito le regala el pan y le dice que se lo puede beber con su leche. El pastor se come el pan con la leche, pero el pajarito al regresar le pide que le devuelva su pan.
El pastor no se lo puede devolver porque ya se lo ha comido.
Entonces el pajarito le dice:
– Devuélveme el pan o dame un cordero.
El pastor le da el cordero y el pajarito se va contento con el cordero.
Siguiendo el camino se encuentra una boda. El pajarito les regala el cordero para celebrar el banquete. Y se va.
Pero cuando regresa les pide que le devuelvan el cordero. Ellos no pueden devolvérselo porque ya se lo han comido. Entonces el pajarito les dice:
– O me dais el cordero o me llevo a la nuera.
Y como no podían devolverle el cordero, le dieron la novia, y el pajarito se fue contento.
Siguiendo el camino se encontró con un juglar (achug) y le pide que le guarde a la nuera. Cuando vuelve el pajarito le pide que le devuelva a la nuera pero el juglar le dice que la nuera se ha ido a su casa.
-Pues si no me das la nuera, me tienes que dar tu guitarra (Saz).
El juglar le da la guitarra y el pajarito se va contento. Se sienta debajo de un árbol y empieza a cantar:
He cambiado una astilla por un pan
Un pan por un cordero
Un cordero por una nuera
Una nuera por una guitarra
Pero, justo cuando acababa la canción, se le cayó la guitarra y se rompió, por eso este cuento aquí se acabó.
Y al final del cielo han caído tres manzanas: una para quien lo cuenta, otra para el que lo escucha y la otra para el resto del mundo.