La pobre viejecita

Informante/procedencia: Elkin Marín, Colombia.

Introducción/información previa: Elkin recuerda este fragmento de un cuento muy popular de Rafael Pombo. Es tan conocido que cuando alguien se queja de que no tiene nada que ponerse o que no ha comido mucho la gente contesta: “¡Ay, como la pobrecita viejecita!” pasando a ser una expresión de la cultura popular.


Érase una pobre viejecita
Sin nadita que comer
Sino carne, frutos,
Tortas, huevos, pan y pez.
Bebía caldo, chocolate,
Leche, vino, té y café,
Y la pobre no encontraba
Nada que beber.
Y esta pobre viejecita no tenía
Ni un ranchito en que vivir
Fuera de una casa grande
Con su huerta y su jardín.
Nadie, nadie la cuidaba
Sino Andrés, Juan y Gil
Y ocho criados y dos pajes
De librea y corbatín.

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El clavo de Joha

Informante/procedencia: Nezha El Hajjaji, Marruecos.

Introducción/información previa: Nezha cuenta que este cuento explica una frase que se dice para las personas que son pesadas, que se aprovechan de los demás y que solo miran por su interés.


Joha necesitaba dinero y arrendó su casa a un prestamista. Pasado el tiempo el señor necesitaba recuperar su dinero, así que fue a pedírselo a Joha y le avisó:
–    O me devuelves el dinero o voy a vender la casa y recupero mi dinero.
–    De acuerdo, la puedes vender, pero el clavo que hay en la habitación seguirá siendo mío.
–    Bueno, por un clavo… Pues así será.
Y el señor vendió la casa.
Un día Joha regresó a su casa y llamó a la puerta.
–    ¿Qué es lo que quiere?
–    Quiero ver mi clavo.
–    Pase.
Joha entró, se quitó la chilaba y la colgó en el clavo.
Al día siguiente volvió a su casa, llamó y le dijeron:
–    ¿Pero qué quiere ahora?
–    Voy a recoger la chilaba que está en “mi”  clavo.
Joha recogió la chilaba, en su lugar dejó un camisón, y se fue.
A partir de ese día Joha volvía todos los días, recogía lo que había en su clavo y dejaba otra cosa. Tan pesado se hizo que al final el dueño de la casa se hartó y le dijo:
–    Déme lo que quiera por la casa y quédese con ella.
Y Joha la recuperó por un dinero que no era lo que valía la casa.

Esta por esa, y seguimos siendo hermanos

Informante/procedencia: Nezha El Hajjaji, Marruecos.

Introducción/información previa: Nezha cuenta que este cuento sirve para explicar una frase que se utiliza cuando entre dos personas una se porta mal con la otra y la segunda se lo devuelve a la primera.


Cuentan que hace mucho tiempo en un pueblo vivía un Cheikh, una persona muy mayor y respetada que mandaba en el poblado. El Cheikh era amigo de Joha.
Un día salió el alguacil con su altavoz a anunciar por todos los barrios que el Cheikh había dicho que a aquel que fuera capaz de dormir toda la noche en el minarete de Kotubia le daría mucho dinero.
Cuando Joha escuchó lo que decía el alguacil fue corriendo a ver a su amigo Cheikh y le dijo:
–    Amigo mío, he escuchado que el alguacil decía que al que duerma toda la noche en el minarete de Kotubia le vas a dar mucho dinero.
–    Sí. Le daré mucho dinero. ¡Vete tú!
Y Joha se fue. Durmió toda la noche en el minarete y a la mañana siguiente fue a ver al Cheikh y le dijo:
–    He pasado toda la noche en el minarete.
–    Demuéstramelo.
–    Yo he visto el humo del fuego del poblado de Bengrir.
Y le dijo el Cheikh:
–    ¡Levántate y vete de aquí! Estabas calentándote en ese fuego.
Joha se fue enfadado y juró que se lo devolvería.
Después de mucho tiempo, cuando ya no se acordaban de lo que había pasado, Joha invitó a su amigo Cheikh a cenar en su casa. Llenó una tinaja con carne y verdura, la colgó en el techo de casa y en el suelo puso una vela.
Llegó el Cheikh y durante mucho rato hablaron y hablaron. Después de mucho rato el Cheikh le dijo:
–    Joha, tráenos la comida. Después del viaje y tanto rato hablando estamos cansados y tenemos mucha hambre.
–    Espera, amigo mío, la cena ya se está cociendo.
Siguieron hablando varias horas más. El Cheikh ya enfadado le dijo:
–    Joha, ¡queremos cenar! ¡Trae ya la comida!
Entonces Joha le cogió del brazo y le llevó a donde estaba colgada la comida. Y le dijo:
–    Lo ves, allí está colgada la comida y allí está el fuego.
–    ¿Eres tonto o qué? ¿Cómo quieres que se caliente la comida que está en el techo con el fuego que está en el suelo?
–    ¿Cómo quieres que me caliente, si yo estaba en el minarete, con el fuego que estaba en Bengrir?
Y le dijo el Cheikh:
Pues es verdad. Esta por la otra, y seguiremos siendo amigos.

Iguana eso te pasa por haragana

Informante/procedencia: Melisa Ortiz Gerad, Argentina.

Introducción/información previa: Melisa recuerda este cuento de su infancia. Para poder contárnoslo más fielmente a sus recuerdos recurre al libro “Leyendas argentinas” de la Editorial León Benarós.


¡Ay, qué pobrecita soy y que desvestida estoy! Para mi mal, no tengo ni un chal. Y para mi desgracia completa, no tengo ni una pañoleta. El único abrigo que tengo para el invierno es esta brazadita(1) de lana roja, hilachienta y desteñida, que me cubre. Si tiene compostura, sí, tal vez, con una costurita aquí, con una costurita allá. Pero hoy no tengo ganas. Mañana empezaré a arreglarla, sí. Mañana. Hoy quiero disfrutar del solcito que está muy lindo. Todo mientras caliente el sol. La brazadita no me hace falta, y si refresca mucho a la tarde he de meterme en una cuevita y allí encontraré reparo.
¿Dónde habré puesto mi costurero? ¡Hace tanto que no hago una labor que ya ni sé dónde está! Pero mañana he de encontrarlo. Entonces le daré unas puntaditas a mi brazadita vieja, para que no siga deshaciéndose. Sí, mañana. Hoy, no, porque el solecito está tan lindo… Da gusto tenderse a disfrutar el solecito que da. Total… hay tiempo para darle unas puntaditas a mi brazadita hilachienta.
Así hablaba sola la haragana señora. Así se prometía arreglar mañana su brazadita. Y así dejaba siempre para mañana la tarea. ¡Una mañana que no llegaba nunca! Hasta que pasó otra señora, muy diligente, cargada con su bolso lleno de papas(2) y zapallitos(3). ¡Apenas podía con el peso la buena señora! Un descansito se tomó, como para darse aliento, y vio a la haragana disfrutando del solcito, tendida en la arena. De puro comedida, la saludó así:
– Buen día, comadre. Lindo el solcito, ¿no?
– Muy lindo.
– ¿Hoy no trabaja?
– No. Tal vez mañana.
– ¿No le parece que su brazada anda necesitando unas puntaditas? Si no la cose, se la va a deshacer. Qué espera, ¿hasta mañana?
– Porque ahora estoy disfrutando el solcito, pero mañana, se lo juro, buscaré mi costurero. Y en cuantito lo encuentre, arreglaré mi brazadita. ¡Le juro que mañana lo arreglaré!
Tanto juró y juró en vano la haragana señora que Dios se enojó y dijo:
Sino quiere trabajar
porque no le da la gana
la convertiré en iguana
Y así fue, na más. Y allí anda la haragonota, tan ociosa como siempre tendida al sol durante la siesta y escondida en alguna cuevita cuando hace frío.
Han visto que doña Carapuca, así llaman a la Iguana en Santiago del Estero, tiene su cuerpo mal vestido como si llevara encima una brazada rota. No se lo hagan notar, porque podría enojarse y soltar uno de sus temibles coletazos.

1. Manta
2. Patatas
3. Calabacines

Carta, canta

Informante/procedencia: César Torres Lañas, Perú.

Introducción/información previa: Este cuento es parte de las tradiciones culturales criollas. Se cuenta básicamente en Lima.


Cuando los españoles conquistaron el valle de Rimac, por el río Rimac que está allí, y bueno, le pusieron el nombre de Lima a la ciudad, los distintos conquistadores se fueron aposentando en todas las zonas que había allí.
Uno de los productos que había habitualmente, por la abundancia de agua, eran sandias. Entonces hubo un gran comercio de sandias en la zona durante muchos años y era normal cargar a los pobres indios con sandias para llevarlas de un sitio a otro. Y, por supuesto, había muchos problemas por esto.
Entonces, cuenta una de las tradiciones orales de allí que en un momento dado los indios, que no tenían conocimiento de la grafía, ni de la escritura castellana, sino más bien tenían sus propias formas de comunicación, tuvieron que llevar un cargamento de sandias de una zona lejana a otra.
Y estaban muertos de sed y de hambre, y claro, de pronto se les ocurrió, pues, comerse una sandia. Pero el cargamento de sandias venía con una carta. Entonces, como ellos no sabían qué sentido tenía la carta, pensaban que la carta les estaba vigilando. Entonces, muy disimuladamente, cogieron a la carta, la escondieron detrás de un árbol y se comieron una sandia. Y después, sacaron la carta y la volvieron a poner encima del cargamento.
Siguieron viaje y uno de los indios le dijo al otro:
– Oye, es muy extraño que el patrón haya enviado solamente siete sandias. Porque normalmente siempre manda dos, cuatro, seis, ocho… porque los cajones que llevamos son para llevarlas de dos en dos y es extraño que haya un sitio vacío. ¿Qué te parece si nos comemos otra?
Entonces, el otro indígena, muy disimuladamente, cogió la carta, la llevó detrás de unas piedras, la dejó allí, y se comieron la segunda sandia.
Cuando llegaron a entregar el cargamento el recepcionista abrió la carta, la leyó y se dio cuenta que faltaban dos sandias. Entonces, pues claro, los castigaron duramente. Y los indios dijeron:
– Ves, ves, hermanito, la carta canta.
Entonces de allí quedó el… cuando la gente en Lima recibe una carta siempre dice: “Carta, canta”. Para que nos cuente las cosas que han pasado.

El águila y la gallina

Informante/procedencia:  Aicha El-Idrisi, Marruecos.


Era una gallina que acababa de tener un pollito y un águila le amenazaba con llevárselo. Le había dicho a la gallina que si le daba la aguja de coser, que no se llevaría al polluelo. Entonces la gallina se la iba a dar y, de repente, se le había caído a la paja. Y le dice el águila:
– Tienes un día y me la tienes que dar.
Entonces ella siempre estaba buscando entre la paja. Al día siguiente viene el águila y le dice:
– ¿Dónde está la aguja?
Le dice:
– Está por la paja.
Se ha llevado a su polluelo, y por eso se dice que siempre las gallinas están buscando entre la paja.

El gallego y la décima

Informante/procedencia: José Miguel Valdivia Bernal, Cuba.


En Cuba los cubanos se burlaban, se burlaban de los gallegos. Por brutos, por el choteo cubano. Por bruto, por bestiapata, por alpargata, por tacaño, por rácano, cuando se bañaba… Eso forma parte del folcklore del… de graceo popular cubano. Ridiculizar así a los gallegos. A todos los españoles les dicen gallegos.
Y dice que a una fiesta llegó un gallego, que esto es el cuento irreal, y cuando… todo el mundo:
– ¡Canta, gallego!
Claro, la gracia del gallego.
¡Gallego, canta! Canta una décima. -Una décima o una espinela.-  Canta, gallego. Canta una décima.
– No, no. Yo no canto.
Pues canta gallego. ¡Que cantes!
– ¡Qué yo no canto!
Bueno, ya tanto dieron que el gallego se inspiró y cantó una décima.
Que la décima en Cuba tiene mucha… está muy enraizada, muy… una gran tradición.
Y el gallego cantó una décima ridícula, mal… muy mal cantada. Y cuando acabó dijo:
– ¡Servido, señores!
Y entonces en Cuba mucha gente dice eso, “Servido, señores”, como ya cumplí, ya hice mi servicio.
Esta expresión se utiliza a veces cuando se acaban los cuentos.